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Juan Francisco Martín del Castillo

Wittgenstein y el 11-S

El azar de las fechas ha puesto en conexión dos hechos de la realidad histórica totalmente diferentes, pero igualmente importantes. El primero es la conmemoración de la aparición hace un siglo del Tractatus de Wittgenstein, el filósofo que jamás estudió filosofía, y el segundo, es el infeliz recuerdo de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, que marcaron el inicio del tercer milenio para la humanidad entera. El libro del angloaustríaco sigue siendo una luminaria para cualquiera que se acerque a sus escasas páginas, mientras que el desafío yihadista también brilla como un faro de aviso en la distancia. No sé qué hubiera pensado Wittgenstein de los barbudos talibanes, pero me aventuro con la idea de que no le hubieran hecho ni pizca de gracia. Un genio tan sensible como aquél, que no cejaba de trabajar en su obra, así cayeran bombas a su alrededor, que detestaba la vulgaridad, aunque confraternizara con sus conspicuos representantes en la cubierta de la barcaza que le tocó como destino militar durante la Gran Guerra del 14, sentiría que el mundo está en una dinámica que necesita del «celo del genio», como dijera el poeta Fontane. Porque en esta encrucijada de la historia, con la derrota de Occidente ante la barbarie, con la pérdida de los valores esenciales, los imprescindibles, la responsabilidad, la justicia y la educación, hay que volver al ejemplo del sabio de Viena. Cuando un maestro alecciona desde el periódico con que hay que salir de la «zona de confort» para entregarse a la mediocridad y al relativismo, hay que volver a la rotundidad del mensaje de Wittgenstein: «El milagro estético es la existencia del mundo. Que exista lo que existe» (Diario filosófico, 17-10-1916). Nosotros, como personas individuales, somos la representación de una voluntad, de un yo que aspira a algo mejor. Ni que decir tiene que una de las formas de combatir la barbarie, o tal vez la única, es no ceder ante el avance del todo vale o el no pasa nada, porque ya se arreglarán las cosas por sí solas. La cruel falsedad de esta convicción bien pronto que ha quedado demostrada en la patética salida de Kabul. La lección del filósofo del libro único, la carta impresa que nos dejó en el Tractatus es que «el mundo es independiente de mi voluntad» (6.373), pero no así su representación. Es aquí donde tenemos que poner el acento, en el sujeto, porque, «en lo esencial, bueno y malo es sólo el yo, no el mundo», como confesó en sus diarios. En suma, aspiremos a la excelencia personal, pongámonos a prueba cada día, como él hacía con sus alumnos en la universidad. De cada uno de nosotros depende que siga existiendo este milagro llamado mundo.

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