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Tribuna abierta

El 11 de septiembre y nuestro antiamericanismo

Presencié el trauma que experimentó Estados Unidos, yo vivía en Nueva York, con los atentados del 11 de septiembre, casi tres mil muertos, cifra de caídos que el país no había padecido en un día desde la batalla de Antietam en la guerra de secesión. ( En Pearl Harbour hubo 2.385 muertos). El golpe humilló al país más poderoso de la tierra. Todo se detuvo. Los teatros de Broadway cerraron voluntariamente y únicamente el español Salvador Távora ofreció su Carmen en el City Center. Su gesto fue aplaudido, era valiente y un saludable apoyo psicológico.

La población sobrecogida bramaba. Brotaron banderas por doquier, Wall Mart vendió 116.000 en un día, el agravio no podía olvidarse y las encuestas mostraban que una mayoría estaba dispuesta a pagar más impuestos y renunciar a ciertas libertades con tal de castigar a los culpables.

El presidente Bush fue a por ellos en Afganistán, donde eran protegidos, un mes más tarde. En Europa y en España hubo dudas y críticas, la aviación no podría sacar a los talibanes de las cuevas, en el terreno serían temibles, aquello sería otro Vietnam… Se equivocaron rotundamente. La campaña duró pocas semanas y Estados Unidos, a diferencia de nosotros, no vaciló en arriesgar la vida de sus soldados luchando en tierra. Con Irak se oiría otra tanto parecida: no había base jurídica para intervenir –es cierto que era menos sólida que en Afganistán aunque la ONU ni la bendijo ni la condenó–, el ejercito iraquí ofrecería una tenaz resistencia, era, se decía el quinto del mundo, y los americanos, solos ellos en la intervención, morderían el polvo. Falso, duró tres semanas. En España hubo manifestaciones gigantes contra la guerra, eran, en realidad, contra Aznar, aunque nuestros soldados no estuvieron en ella; multitudes y cólera que contrastan con la ausencia total de pancartas en el conflicto sirio, donde los villanos son el presidente de ese país y Putin, que impide que se le condene por uso de armas químicas, o en el éxodo obra de Maduro que ha logrado que cinco millones de ciudadanos abandonen Venezuela.

El calvario y el chasco americanos brotaron pasados los años y concluyen con la espantada de Afganistán. Su llegada, sin embargo, fue corroborada por la OTAN, varios miembros acudieron, y bendecida por la ONU, que deseaba reconstruir el país –nombró un alto representante– para lo que Washington era indispensable. Visité Afganistán en 2003 en una misión de embajadores de la ONU. El país respiraba muy aliviado. Había elecciones, las mujeres habían sido liberadas, la burka era voluntaria, el 66% de las niñas estaban escolarizadas, se habían construido carreteras, escuelas, no había ejecuciones ni lapidaciones, las mujeres ocupaban puestos de uno u otro tipo, periodistas, profesoras, activistas… Deseaban angustiadas la permanencia de nuestros soldados y de nuestros gobiernos.

Los americanos pagaron la factura más alta. Una cantidad inmensamente superior a la total de sus aliados y más bajas, 2.461 muertos. Actuaron, en ocasiones, con altanería y unilateralidad, por ejemplo decidiendo solos cuándo marcharse. Su propósito, con todo, aparte del inicial de extirpar a Al Qaeda y limpiar un territorio refugio de terroristas, se convirtió con nuestra colaboración y el entusiasmo de la ONU en otro más ambicioso: construir un estado.

Ese es el fracaso, imponer la democracia por la guerra. No ha funcionado, aunque sí arraigó en Japón, Corea del sur o Formosa. Creía quizás equivocadamente Estados Unidos que su seguridad dependía del asentamiento de las creencias democráticas en el planeta musulmán. No se ha logrado a pesar de la catarata de dólares. Las causas son complejas, los afganos son muy nacionalistas, Washington, sus aliados y la ONU descuidaron la corrupción galopante, no captaron del todo el descontento creciente… La derrota tiene muchos padres, no sólo americanos. ¿Por qué los aliados no montaron una reunión con Estados Unidos para decirles que se iba al desastre? ¿Tampoco se dieron cuenta? ¿Por qué no sacamos antes a nuestra gente y nuestros colaboradores? ¿No fueron los jóvenes soldados yanquis los que hicieron posible nuestra retirada?

El bofetón a Estados Unidos, que pierde credibilidad en el mundo (¿estamos al final de una era?), produce regocijo una vez más, aunque hayan invertido bastante en sacar a un país de una Edad Media machista y brutal. Ese júbilo explica la reacción de nuestra ministra de igualdad estableciendo comparaciones, remotas pero bochornosas, entre las mujeres afganas y las españolas. Allí ya les han prohibido hasta hacer deporte porque estarían obligadas a «mostrar la cara y parte del cuerpo, lo que va en contra del islam». ¿Sabrá Irene Montero lo que espera a aquellas mujeres? Probablemente no, su sectarismo y más aún su ignorancia enciclopédica se lo impiden. Yo deduzco, por lo que oí, lo que va a ocurrir y aunque no llevo pancarta me aterra.

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