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Myriam Z. Albéniz

Desde la sala

Myriam Z. Albéniz

Los batallones de los botellones

Que siempre han existido botellones no es ninguna primicia. Por desgracia, la asociación entre ocio y alcohol en la juventud actual está fuera de toda duda. Y no hablo solamente de las fiestas populares, muy degeneradas en los últimos tiempos, sino también de las habituales salidas de fin de semana, que de un tiempo a esta parte incluyen también los jueves. Sin embargo, coincidiendo con las limitaciones pandémicas, se da la circunstancia novedosa de que la mayoría de los altercados recientes están protagonizados por chavales sin inclinación política ni afán reivindicativo alguno, como sucedía en tiempos no tan lejanos. Todo parece indicar que la presente virulencia hunde sus raíces más allá de la revolución hormonal, la precariedad laboral, la falta de perspectivas de futuro o la fatiga asociada al coronavirus. Lo cierto y verdad es que nos enfrentamos a generaciones con escasa o nula tolerancia a la frustración que, si no obtienen o que quieren, reaccionan francamente mal y mucho me temo que la explicación se halla, más que en el entorno educativo, en el familiar. Aumenta el desánimo parental y un porcentaje considerable de progenitores no opta por la labor de batallar contra hijos e hijas dispuestos a no dejarse controlar, amparados en la fuerza que ejercen sus amistades.

Los actuales botellones ya no son solo molestos, ruidosos, sucios o insalubres. Se han convertido en odas a la violencia y, ante su disolución gracias a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, presentan una inusitada resistencia cargada de feroz agresividad. Esos jóvenes a quienes se invita a desalojar las vías públicas reaccionan con una dureza que nada tiene que ver con la rebeldía propia de la edad o con la situación de vulnerabilidad a la que la ingesta masiva de bebidas les expone. Basta ver las imágenes televisivas para asistir con preocupación al lanzamiento indiscriminado de objetos contundentes, e incluso al enfrentamiento cuerpo a cuerpo con los efectivos policiales, que últimamente se ven obligados a pedir refuerzos para llevar a cabo su labor. De hecho, está aumentando de modo alarmante el número de agentes, no sólo agredidos, sino heridos de gravedad ante la escalada de este fenómeno. Sin mascarillas ni distancia de seguridad y con momentos de elevada tensión, de nada sirven las llamadas al orden emitidas con antelación por las instituciones municipales y solicitadas desde los medios de comunicación.

Con el transcurso de las semanas, la Policía advierte cada vez con mayor énfasis sobre las violentas reacciones que se están encontrando cuando acuden a desalojar aglomeraciones de este tipo. No sólo han pedido más refuerzos para atender la proliferación de botellones simultáneos en distintos puntos del territorio, sino para contener agresiones que podrían estar vinculadas a movimientos contrarios a las restricciones anticovid. Los escenarios se desarrollan en diversos puntos de la geografía nacional, si bien presenta una mayor incidencia en Cataluña, el País Vasco y las zonas turísticas, dando lugar a detenciones derivadas de los referidos enfrentamientos originados por los desalojos de grupos que superan los niveles acústicos y de alcoholemia.

El panorama final no puede ser más desolador, con brigadas de limpieza tratando de adecentar las calles de madrugada a un ritmo casi frenético, a manguerazos y con camiones de basura cargados hasta los topes. Toneladas de residuos que incluyen todo un muestrario de despojos (mobiliario urbano incluido), con la peste a vómito y orín aromando el amanecer de las ciudades. Restos de un naufragio de comportamiento y cordura que empieza a sobrepasar a una sociedad lo suficientemente asustada y herida como para tener que asistir a estos despropósitos. Botellas y batallas. Botellones y batallones que despojan el concepto de autoridad del respeto que merece y del agradecimiento que conlleva. Una indefendible idea de libertad y rebeldía a años luz de un ocio aceptable para una etapa vital asociada a la alegría y a la esperanza.

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