Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Jorge Dezcallar

Las consecuencias

Jorge Dezcallar

XX aniversario del 11-S

Quiero pensar que todos hemos aprendido la lección y si hoy se produjeran los atentados terroristas del 11-S la respuesta, que sin duda la habría, se haría con técnicas de geolocalización, drones y operaciones de comandos contra los autores y encubridores, evitando poner 'botas sobre el terreno'

XX aniversario del 11-S.

XX aniversario del 11-S.

El tiempo vuela y ya hace la friolera de veinte años desde que contemplamos horrorizados y en directo el choque de dos aviones contra las Torres Gemelas de Nueva York y de otro contra el Pentágono en Washington. Es muy probable que el cuarto avión, el que fue derribado por los propios pasajeros, fuera destinado a empotrarse contra el Capitolio o la Casa Blanca. En todo caso, pronto sabremos más porque Joe Biden acaba de ordenar la desclasificación de toda la información relacionada con esos atentados, en un ejemplo de transparencia que otros países podrían seguir. Todos los que tenemos edad para ello recordamos dónde estábamos en aquellos fatídicos momentos y tenemos buenas razones para hacerlo porque aquel día cambió el mundo, cambiaron nuestras vidas y comenzó de verdad el siglo XXI.

En septiembre de 2001 los Estados Unidos vivían en plena euforia: la URSS había desaparecido y con ella la bipolaridad, la Guerra Fría, la división del mundo en esferas de influencia, el Telón de Acero, la amenaza nuclear con su corolario de la Destrucción Mutua Asegurada. Al mismo tiempo también desaparecía el Comunismo, la otra gran ideología que junto con el Fascismo había dominado la primera mitad de siglo y luego había sobrevivido a las debacles de Hitler y Mussolini hasta su estrepitoso fracaso en 1991. Como consecuencia los EE UU eran a principio del siglo XXI la única superpotencia, el Liberalismo democrático era el vencedor de la gran pugna ideológica del siglo XX y Fukuyama dijo aquello tan arrogante de que habíamos llegado al “Fin de la Historia” aunque lo mismo habían pensado los romanos tras la derrota de Anibal y la destrucción de Cartago. Y entonces les despertó el ruido atronador de unos atentados terroristas en el corazón del imperio contra los símbolos de su poder militar (Pentágono) y económico (World Trade Center). Y de esta brutal manera humillados, los americanos reaccionaron estrechando filas (“United we stand”, ¡qué diferencia con la España posterior al 11-M!) y disparando contra todo lo que se movía, primero en Afganistán y luego en Irak.

La guerra de Afganistán, la más larga en la historia norteamericana, comenzó apenas tres meses más tarde de los ataques del 11-S porque los talibanes –sin llegar nunca a una colaboración operativa– brindaban refugio a los terroristas de Al Qaeda, inspiradores y ejecutores de aquellos atentados que nos hicieron a todos sentirnos solidarios con los Estados Unidos. Fue una intervención militar con la bendición de la ONU y la participación de la OTAN tras invocar por primera y única vez en su historia el artículo 5 de asistencia inmediata al socio atacado. Es la que ahora Biden ha terminado con intención loable y ejecución desastrosa que da un duro golpe a la imagen y a los valores de occidentales en la medida en que confirma a chinos y rusos en su convicción de nuestra irreversible decadencia. En cambio, la guerra de Irak no tuvo una motivación clara porque nunca se encontraron las armas químicas y bacteriológicas, las Naciones Unidas no la bendijeron inicialmente y además dividió profundamente a la sociedad occidental. Fue una guerra que tuvo al menos otras dos malas consecuencias: benefició a Irán al eliminar a Irak, su gran rival regional, y alimentó el nacimiento del Estado Islámico que un día llegó a ocupar buena parte de Siria e Irak y que si allí ha sido derrotado militarmente se extiende hoy como franquicia desde Filipinas al Sahel y Nigeria. El mismo Estado Islámico que ha atentado en el aeropuerto de Kabul durante la caótica evacuación, como queriendo simbolizar la inutilidad del esfuerzo desplegado durante veinte años que comenzaron con un ataque terrorista y se cierran con otro.

Entonces, estos veinte años ¿no han servido para nada? No diría eso porque el mundo ha cambiado y mucho en este tiempo. Para empezar estamos más seguros porque desde 2001 se ha desarrollado una cooperación internacional en contra del terrorismo como nunca se había visto (también ha mejorado mucho la coordinación interna) y los atentados islamistas han decrecido globalmente desde 2014. Ahora conocemos cómo es el terrorismo islamista, cómo opera, cómo se financia y cómo recluta. La Al Qaeda de al-Zawahiri no es ni sombra de lo que era con Bin Laden, y el Estado Islámico (EI), también muy tocado, prioriza los atentados en su entorno inmediato aunque no desechará ninguna oportunidad de actuar en Europa o en Estados Unidos, donde en los últimos años ha habido más terrorismo a cargo de supremacistas blancos y otros grupos de extrema derecha que de islamistas radicales. Es probable que los talibanes hayan aprendido la lección del precio que han pagado por cobijar a Al Qaeda y que son enemigos jurados del Estado Islámico, hasta el punto de no ser impensable una cierta colaboración futura contra el enemigo común.

El mundo hoy no es unipolar cómo era en 2001 pero tampoco multilateral, basado en reglas claras e iguales para todos y en instituciones internacionales fuertes para dirimir las controversias, como algunos desearíamos. Hoy vamos hacia un bilateralismo imperfecto y asimétrico entre China y los EE UU que para unas cosas (economía) tendrán que contar con Europa y en otras (armas) con Rusia. Un mundo donde Europa y los Estados Unidos (e Iberoamérica) están llamados a acercarse porque defendemos los mismos valores, que ya no son mayoritarios en un mundo que bascula hacia el Estrecho de Malaca como epicentro económico, y donde Oriente Medio pierde importancia a los ojos de Washington porque ya no depende de su petróleo y porque Israel se defiende solo gracias a los Acuerdos Abraham de Trump y al enorme paquete de ayuda militar a lo largo de diez años que le dio Obama. La ironía es que los que quieren llenar con pretensiones de hegemonía el vacío que dejan los americanos son los herederos de los viejos Imperios que ya la dominaron durante siglos: Irán (Imperio persa), Turquía (Imperio otomano) y Rusia (Imperio zarista).

Es un mundo batido por crisis económicas, pandemias y calentamiento global, los retos (ciberterrorismo, desinformación, crecientes desigualdades, virus mutantes, cambio climático) son diferentes a los que enfrentábamos en 2001, y la pugna se da en dominios como la inteligencia artificial, las redes 5G, la nanotecnología, el espacio, el Ártico o la ciber-medicina. Como ha dicho Valery Gerasimov, jefe del Estado Mayor ruso, las guerras del futuro tendrán tres partes de componente cibernético por cada parte de enfrentamiento convencional. Si a Émile Zola le preocupaba el efecto sobre el cerebro humano de los ferrocarriles de 1840 que viajaban a 40 kms/hora, nosotros estamos desconcertados por la confluencia simultánea nuestras vidas de las revoluciones tecnológica, demográfica y de la información con un resultado de incertidumbre y ansiedad que echan leña al fuego de los populismos y nacionalismos que nos azotan. Todo esto configura una etapa de transición geopolítica que marca el fin del dominio occidental mientras el centro de gravedad económico del planeta se desplaza desde el Atlántico al Indo-Pacífico. Nos esperan todavía muchos sobresaltos hasta que ese nuevo orden se asiente.

Finalmente quiero pensar que todos hemos aprendido la lección y si hoy se produjeran los atentados terroristas del 11-S la respuesta, que sin duda la habría, se haría con técnicas de geolocalización, drones y operaciones de comandos contra los autores y encubridores, evitando poner “botas sobre el terreno”, y se abandonaría toda veleidad de construir un estado democrático moderno en una sociedad medieval simplemente no preparada para comprenderlo.

Jorge Dezcallar | Embajador de España

Compartir el artículo

stats