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José A. Luján

Piedra lunar

José A. Luján

Puertas centenarias en Acusa

En la comarca de Acusa (Artenara) cuyo primer asentamiento poblacional se remonta al siglo IV de nuestra era, se contabilizan tres ermitas a lo largo de la etapa histórica, es decir, desde comienzos del siglo XVI, cuando se inician las acciones evangelizadoras.

La primera ermita se ubica en la cueva de San Juan, en Acusa Seca. Allí se celebra el culto a la Virgen de Candelaria, advocación traída por pastores alzados de Tenerife que huían de la represión ejercida en aquella isla por el conquistador Alonso Fernández de Lugo.

Posteriormente, los vecinos de Acusa deciden construir una nueva ermita con el impulso de los frailes del convento franciscano de San Antonio de Gáldar, fundado en 1520, encargados de la evangelización de estos lugares por subrogación del Beneficio de Santiago. Esta ermita se construye en el Barranco del Silo en 1669. En sus inmediaciones existían diversas cuevas aborígenes en las que se guarda el grano para el consumo de la población indígena. Los nuevos colonos mantienen estas cuevas con la misma función de guardar la producción agraria.

Esta segunda ermita estuvo a punto de erigirse al borde de la Vega en terrenos cedidos por los señores de Aguilar; sin embargo, se opta por su construcción en el cauce del barranco. Era de planta sencilla, de una sola nave y dependencias para sacristía. La entrada principal estaba orientada al oeste y una puerta lateral al norte. Aquí se celebran las fiestas anuales del Cristo y la Candelaria. La imagen del Cristo entra en Acusa en 1703 por iniciativa de la hacendada devota doña María Téllez, quien en sus mandas recoge la celebración anual de esta fiesta septembrina.

Esta ermita estuvo abierta al culto durante trescientos años, hasta 1966 en que queda anegada al construirse la presa de Candelaria. Fue sustituida por una nueva construcción que se levanta en la Vega y que en aquel momento constituye la referencia urbana para crear el barrio de Candelaria. Además de la propia ermita, se construye un salón escolar y, siguiendo criterios de la corporación municipal que preside el alcalde Manuel Luján Sánchez, se traza la plaza y las calles del entorno.

De la ermita del siglo XVII quedan las ruinas en sus muros anegados en el cieno de la presa. Las puertas de tea de la entrada principal fueron rescatadas y guardadas durante cincuenta años tras la construcción de la actual iglesia de Candelaria, sin que ninguna institución mostrara interés por las mismas, siendo custodiadas en un almacén en la propia Vega, a cargo de la familia Gil Falcón. Asimismo, en fecha reciente se selecciona una treintena de cantos de la anterior construcción que fueron trasladados por cincuenta feligreses en la denominada «Procesión de las piedras» para formar una escultura evocadora de la segunda ermita. El diseño escultórico, pendiente de ejecución, ha sido realizado por el arquitecto municipal Juan Antonio Lorenzo. Por su parte, las puertas de tea, por iniciativa de Antonio Medina Cabrera, han sido restauradas por Francisco Díaz Guerra, conservador de obras de arte, con la financiación del Cabildo, y acaban de ser colocadas en la entrada de la actual iglesia de Candelaria.

Estas puertas se convierten en unidad patrimonial que se pone en valor en el tercer templo de Acusa. Constituyen un diálogo intangible entre el pasado y el presente, mediando trescientos años de historia, además de que propician la reflexión sobre su simbología de carácter cristiano.

La puerta como símbolo universal es una abertura que nos permite entrar y salir. Atravesar una puerta es transitar hacia un lugar íntimo, doméstico, preservado de un mundo exterior, y se nos muestra como punto de paso a un ambiente familiar, cálido y trascendente. Es lugar por donde se accede al reino de los cielos, a la salvación y a la luz de la vida eterna. Pero también es acceso al inframundo, al llamado infierno, lugar en llamas, penoso y horrible.

En este año Jacobeo, con la pandemia limitadora, las respectivas puertas de los templos de Santiago de Gáldar y de San Bartolomé, en Tunte, así como la basílica del Pino en Teror, son objetivo del peregrino. Y en Santiago de Compostela, el pórtico de la Gloria, recién restaurado en su textura primigenia, es la meta del peregrino de las rutas hispanas y europeas. Al poner colofón a esta columna, la memoria nos trae la primera instrucción mañanera de la señora madre, doña Isabel Henríquez Romero, que en nuestra solidaria casa de Artenara, con zaguán abierto siempre a los transeúntes, nos decía: «hijos míos, abran la puerta de la calle para que entre la gracia de Dios».

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