Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Daniel Capó

Las cuentas de la vida

Daniel Capó

Deporte y escuela

La semana pasada me entretuve viendo cómo unos chavales entrenaban en una cancha de tenis. El monitor les corregía un golpe tras otro, buscando algo parecido a la perfección. Admiré la disciplina y me di cuenta de que, sin el pulido final del esfuerzo, ni siquiera el talento basta para brillar. La intensidad del ejercicio era grande, bajo un sol –a mis ojos– excesivo. Excesivo para mi edad, claro está, porque en la infancia el calor y el frío se viven de otro modo, sin aspavientos. Al verlos entrenar –serían treinta o cuarenta entre las distintas pistas–, pensé en nuestras escuelas y en las modas educativas que se van imponiendo. Recordé un documental en el que el filósofo francés Remi Brague decía al también filósofo Rüdiger Safranski que él pertenecía a “una generación repugnante”. Se refería al abandono de la tradición cultural, a ese corte con el latín y el griego, la historia y la literatura, el arte y la religión que se dio a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, sustituidos por una extraña mezcolanza de empatía, educación emocional, trabajo cooperativo e inteligencias múltiples. Nada de eso se entiende muy bien porque son conceptos abstrusos, vacíos de contenido y, por tanto, muy aptos para convertirse en armas arrojadizas de la guerra cultural que domina la modernidad. Sin embargo, sus efectos resultan bien visibles, hasta el punto de que casi no hay tradición a recuperar, puesto que sencillamente se ha ido por el sumidero del pasado. Mi propia generación, marcada por el sello de la EGB, mantenía ya una relación muy superficial con la cultura clásica. Quizás dominaba mejor algunos conocimientos básicos –el nivel era más alto–, pero apenas se profundizaba lo suficiente en las materias y las lagunas culturales eran más que evidentes. La llegada de la dictadura emocional aceleró unos cambios que ya resultaban, por aquellos años, imparables. En la historia, los relojes no pueden atrasarse una hora.

El reverso de la melancolía es el sentimentalismo vacuo de la enseñanza actual. Si hay que mirar hacia el futuro, este debe empezar a construirse en el presente. Y eso exige recuperar la intensidad, considerar a cada niño capaz de alcanzar algo importante. Ignacio de Loyola tenía una palabra para ello, que resumió durante siglos la pedagogía jesuítica: magis (siempre más). Es decir, no detenerse nunca, llegar más lejos, ir más allá, pretender dar buenos frutos, ser mejores en definitiva.

Pedir más no equivale a exigirle a todo el mundo lo mismo, sino saber qué puede dar de sí cada alumno, invitándolo a mirar hacia arriba, buscando buenos modelos, ofreciendo ejemplaridad. Nuestros hijos quieren empatía, por supuesto, y saberse queridos; pero flaco favor les hacemos si no los incorporamos a una tradición cultural mucho más amplia que los límites de nuestro propio tiempo. Para saber leer, por ejemplo, no es suficiente con el dominio técnico de la lectura, ni siquiera con el dominio de un vocabulario rico, sino que las capas de significado sólo se abren por medio de la lectura lenta y de la acumulación cultural. Y, sin comprensión lectora, no hay escuela que funcione ni que valga.

Al final, ¿por qué lo que funciona en el deporte –o en los conservatorios– no se hace en los colegios? Por supuesto que daría resultados. Pero, por motivos inexplicables, no interesa recuperar el esfuerzo y prefieren el sucedáneo gaseoso de una empatía dañina por inerte y hueca.

Compartir el artículo

stats