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Elizabeth López Caballero

El lápiz de la luna

Elizabeth López Caballero

La tristeza de una carcajada

Los atardeceres de verano tienen un color especial. En ellos se esconden todos los besos, los abrazos y el susurro de los deseos que has lanzado al cielo en una noche estrellada con la esperanza de que la brisa los acune hasta allí, al lugar en el que uno cree que se cumplen. También huelen diferente. A sudor dulzón. A siestas largas y a rodajas de limón dentro de un vaso de agua Firgas. El otro día pensaba en todo esto mientras estaba sentada en una terraza de la ciudad disfrutando del atardecer. Había varias mesas ocupadas por grupos de amigos, por familias y por parejas. Yo jugaba a observarles y a inventarme sus vidas, una extraña manía que tengo desde pequeña. De repente la carcajada de una joven sonó por encima de todas las voces, de los tintineos de las copas y del ruido de los coches que circulaban cercanos. La muchacha, ajena al hecho de haberse convertido en el centro de atención, continuó riendo sin complejo, con la única preocupación de dejar constancia de su felicidad. Sin darme cuenta me vi esbozando una sonrisa, quizá por aquello de que la alegría es contagiosa. Fue entonces cuando sin querer, o tal vez fue mi subconsciente caprichoso, reparé en la pantalla de cuarenta pulgadas que colgaba en el lateral derecho de la entrada al bar. Allí estaban una vez más las imágenes de Afganistán. Personas huyendo hacia el derecho a una vida digna. Daba igual si la vía de escape era el ala de un avión, la misma que invitaba a la muerte y a la libertad, porque, en ocasiones, la muerte es la mayor de las libertades. La sonrisa que había esbozado minutos antes quedó relegada a un segundo plano. Mi rostro se torció en un gesto agridulce sazonado con impotencia y frustración. En la terraza aún revoloteaba la carcajada de la chica feliz y yo recordé la prohibición número doce de los talibanes hacia las mujeres “Ningún extraño debe oír la voz de una mujer, por lo que las mujeres tienen prohibido reír en público”. Tienen prohibido ser felices, me dije. Aunque dudo que ninguna afgana halle en este momento motivo alguno por el que elevar la comisura de sus labios. Desde entonces me pregunto cómo podré sonreír cada día cuando sé que, en otra parte del mundo, cientos, miles de niñas y de mujeres no gozan de ese derecho. Las cadenas invisibles que me atan de pies y manos aprietan fuerte mientras escribo esta columna, porque sé que la única arma de la que dispongo para poder darles voz o, al menos, mantenerlas presentes en un mundo que las quiere invisibles, es la literatura. No sé si será suficiente… Puede que si todos los occidentales, desde nuestros derechos y comodidades, las mantenemos presentes, aquellos que tienen el poder de hacer algo real recuerden que debajo de un burka, encerradas en una casa, prisioneras en su propio país habitan las almas de mujeres y de niñas anhelando que los extraños escuchen su voz, su risa y, sobre todo, sus gritos de auxilio silenciados, no solo por los talibanes, sino también por el fracaso político de Occidente.

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