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Reflexiones atolondradas

Porno para machistas

Me resistí con uñas y dientes a comprarme aquel de las sombras de fulano. No es que me incomode la novela erótica ni que sea una puritana, más bien diría que todo lo contrario, aunque probablemente cualquiera con veinte años menos opine otra cosa, que ya se sabe que la perspectiva lo cambia todo. Pero me hice con él finalmente, a pesar de que me daba mala espina tanto bombo y platillo en foros poco dados a la lectura y con maridos ansiosos por que sus mujeres se animaran a poner en práctica, con ellos, claro, lo que al parecer describía con todo lujo de detalles.

Pues lo compré, decía, porque ya se sabe que la curiosidad mató al gato y a mí, particularmente y aún sin tener otros rasgos felinos más que el hedonismo quizás, me arrastra casi siempre a pesar de todas las vueltas al sol que ya atesoro.

Y no me sorprendió. Ni para bien, ni para mal. Porno para marujas, pensé, ojeándolo desapasionadamente y sin una pizca del prometido y cacareado calentón. Un par de posturitas de manual con alguna que otra escenita algo más subida de tono, un enamoramiento atormentado de esos que hacen que se les caigan las bragas a las adolescentes de cualquier edad y unos protagonistas más pavos que el que se comen los americanos en Acción de Gracias. «Pos bueno, pos fale». Le pasé el libro a una de mis amigas poco dadas a la lectura y mucho a la acción y aquí paz y en la cabecera, Gabriel García Marquez y Terry Pratchett, por nombrar solo alguno.

Pero hete aquí que, una trilogía y otras tantas películas más tarde, me doy de bruces con la versión en papel del que se autoproclama el gran éxito de una plataforma televisiva de pago, porque en los tiempos que corren se ve que fue primero el huevo que la gallina, y que promete también tórridas pasiones, esta vez de la pluma de una polaca con pocos pelos en la idem.

Y vuelvo a caer en la tentación a la que soy tan proclive y hasta me permito algo de intriga con las trescientos sesenta y cinco jornadas de sexo desinhibido, desenfrenado y todos los «des» que se les ocurran y que vengan al caso.

Y vuelta la burra al trigo: sexo duro, sexo menos duro, sexo anal, sexo oral, sexo y más sexo y poco contenido. Y hasta aquí todo bien. Que los hay que necesitan que se lo cuenten para ponerse a tono y que lo disfruten. Ahora, que la sorpresa, y esta vez para muy mal, fue que el cuento de Cenicienta en esta ocasión disfraza una sórdida historia de maltrato, acoso y machismo rancio imposible de digerir y, sobre todo, de tolerar.

La cosa es así: chica conoce a chico, chico es de la mafia siciliana, chico secuestra a chica porque la ama, dice –empezamos bien–, chica se acaba enamorando de chico porque le va la marcha, sexo, sexo, sexo, chico exige obediencia y absoluto control de su compañera de jueguecitos, barra novia, barra boba que todavía cree en cuentos de hadas por mucho que vaya de lista y de liberal, chica se resiste pero al final transige, sexo, sexo, sexo, fin.

No se confundan: esto no es una soflama feminazi. O sí. Pero desde luego a mí me escandaliza que a estas alturas de la liga se convierta en un bestseller un vergonzoso panfleto que disfraza de amor el maltrato, los celos o el acoso, como lo hacen esos mismos que aparecen en nuestros telediarios todos los días protagonizando una noticia de muerte y dolor para justificar lo injustificable. Y me entristece, y mucho, que quien lo escriba sea una mujer joven, porque es precisamente por esto por lo que estamos como estamos y nos va como nos va.

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