Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Manuel Ángel Santana Turégano

El triatlón y las reformas universitarias

Aunque se tiende a pensar que nuestro trabajo consiste en dar clase, y que las pocas horas de clase que damos es tan sólo una muestra de lo gandules que somos, el trabajo del profesorado universitario se parece al de los triatletas, pues ha de realizar tres tareas que no siempre se llevan bien y que ya de por sí, en otros ámbitos, son disciplinas independientes. En el triatlón primero hay que nadar, luego montar en bici y finalmente correr, distancias variables en función de la subdisciplina. Mientras que sólo quienes son buenos nadadores pueden tener éxito en el Triatlón Olímpico, donde la natación es muy relevante, quienes son más mediocres nadando pueden tener un buen rendimiento en media distancia o en Ironman. A la inversa, mientras que la gente más fornida puede tener éxito en distancias cortas fracasa en las largas. En el triatlón, como en la vida, las mismas cualidades que nos ayudan a triunfar en un ámbito a menudo nos hacen fracasar en otros. El trabajo del profesorado universitario incluye tres tareas que en otros ámbitos constituyen trabajos independientes. Existen personas cuyo trabajo consiste fundamentalmente en investigar (CSIC). Funcionarios y trabajadores públicos se dedican, fundamentalmente, a trabajar en la gestión de la cosa pública. Y trabajo del grueso de los cientos de miles de personas que en España trabajan en la enseñanza se centra en la docencia. No es mi intención ahora plantear si es mejor o peor la situación actual, sino la de exponer cómo se lleva modificando la definición, desde hace décadas, del profesorado universitario.

Seamos realistas: hay disciplinas que son más sexys que otras. En el mundo del triatlón la natación da un físico fornido que te convierte en la estrella de la fiesta, mientras que la carrera de fondo nos convierte en «tirillas» que tienden más a pasar desapercibidos que a llamar la atención. En el mundo universitario lo que resulta más sexy es la investigación, por más que el contribuyente medio piense que con sus impuestos paga universidades públicas para que en el futuro sus hijos/as puedan tener un buen puesto de trabajo. Lo normal es que quienes son mejores en una subdisciplina intenten imponer reglas que les favorezcan. Si los que dominaran la Unión Internacional de Triatlón fueran los nadadores no sería extraño que se intentara cambiar las reglas, y dar más importancia a la natación. En el mundo académico, como unos grupos han tenido más poder que otros lo que ha acabado pasando es que, como se han inventado indicadores que pretenden medir con mayor fiabilidad la «productividad» en investigación que en docencia o investigación, todos los focos se han acabado poniendo en la investigación.

En la actualidad, si pretendes iniciar una carrera que eventualmente te convierta en profesor/a de universidad tendrás que ser muy bueno «investigando», y si tienes éxito con el tiempo acabarás siendo profesor. Por eso soy pesimista sobre las reformas: es como si a los triatletas los pusiéramos a entrenar sólo la carrera a pie, que es donde es más fácil comparar y donde más diferencias se hacen, y luego nos extrañara que no sean buenos nadando o en bici. En el «triatlón» académico no es sólo que se hayan cambiado las distancias y ahora tenga más importancia la investigación. Es que la repetida y machacona obsesión por situar a las universidades en ránkings hace que, de seguir así, puede que acabe dejando de tener sentido que exista la universidad, al menos como ahora la conocemos. Claro que es mucho más fácil hacer comparaciones en unas disciplinas que en otras. De la misma manera en que es mucho más fácil comparar los tiempos en atletismo que en bicicleta o en natación, en la actualidad parece más fácil comparar los resultados entre universidades es investigación que en docencia o aportación a la sociedad. Si sólo fuéramos a evaluar a los/as triatletas por sus tiempos en atletismo, ¿no sería mejor «clausurar» este deporte y centrarnos en el atletismo? Y, si sólo vamos a financiar a nuestras universidades en función de sus resultados de investigación, ¿por qué no las cerramos y fundamos centros del CSIC?

En los términos en que se mide actualmente mi «productividad» científica es bastante mediocre. Sin embargo, en 15 años de trabajo he ayudado a producir más de 5.000 titulados/as. Conozco gente que tiene un currículum investigador 10 veces mejor que el mío, pero que, por haber impartido docencia en otros títulos y asignaturas ha contribuido a producir la décima parte de titulados. Al igual que los mejores triatletas son capaces de terminar un maratón en poco más de 2h 30 min, tras haber nadado 3,8 kilómetros y recorrido 180 en bici, tanto en la mía como en otras universidades hay quienes son mucho mejores que yo no sólo en investigación sino también en gestión y docencia: reconozco mi mediocridad. Pero, ¿a qué nos lleva la obsesión actual con la excelencia? Si sólo dejáramos practicar triatlón a quienes son capaces de terminar un IronMan en menos de ocho horas no existiría ese deporte, pues sólo un puñado de personas son capaces de alcanzar ese nivel excelencia. Deportivamente nunca seré competitivo, aunque haya hecho algún triatlón, terminado maratones en menos de tres horas, y pueda ser relativamente «competente». Profesionalmente tampoco creo que llegue nunca a ser competitivo, es decir, que se pueda decir que soy «de los mejores». Al fin y al cabo, ¿quién define lo que se considera mejor? Los sucesivos ministros, con sus reformas, a menudo presionados por lobbies. Pero tanto en lo deportivo como en lo profesional puedo ser competente, es decir, hacer bien lo mío, sin caer en la competitividad absurda de creer que lo hago bien porque otros lo hacen peor. Claro que el día en que para seguir en la universidad haya que abdicar de la capacidad de pensar, la universidad, como un día la conocimos, ya no existirá.

Compartir el artículo

stats