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Ángel Tristán Pimienta

Apuntes

Ángel Tristán Pimienta

Periodista

Convivir con el volcán

Los canarios estamos atados, lo queramos o no, a la distancia. Pero no es una lejanía cualquiera. Lo que ahora se llama ultraperificidad europea y antes era la ultramar de toda la vida, está atada y bien atada a todas las fuerzas de la naturaleza: ahora mismo estos temblores, estos ‘enjambres’ de terremotos, ese magma que sube desde las profundidades y que, con toda probabilidad, terminará en un volcán, nos lo recuerda.

Los volcanes que nos hicieron, el duro Atlántico que nos rodea y que a la vez que nos aísla nos une y que tantas veces se estrella furioso en nuestro litoral levantando cortinas de espuma, esa autopista aérea que es el viento siroco, que nace en el desierto del Sahara y que transporta arena, langosta ‘peregrina’, y quizás en su día, allá en los 60 del siglo XX, la radioactividad de las pruebas nucleares francesas en superficie o subterráneas, en la Argelia profunda, son parte de nuestro ser y estar.

La geografía, razonaba el canciller Bismark hablando de geopolítica, es el único factor inmutable de la historia. Y mucho más la geología. Conviene tenerlo claro.

Dentro de unos días, el 26 de octubre, hará 50 años, cincuenta, medio siglo, que estalló el ‘Teneguía’ en La Palma. Empezó como el magma que ruge ahora a nuestros pies, subiendo a la superficie. Cientos de seísmos, luego miles, que iban configurando un perímetro. Una zona que se abombaba por el empuje de una gran energía. Y, sobre todo, un miedo a la desconocido que se esfumó y se convirtió en mera curiosidad y asombro, y en costumbre, una vez que se fue configurando el cono. Nació, creció, y se fue muriendo lentamente, hasta que todo se enfrió y sobre la lava crecieron las plataneras.

Yo estuve allí, desde unos días antes del nacimiento, llegué, digamos la metáfora, con los dolores del parto, y me fui cuando se recuperó la normalidad. En ese tiempo estaba más fuera que en la redacción y en casa. Me encantaba ser ‘enviado especial’ a todos los acontecimientos que merecían la pena. En unos pocos meses, estaría en los debates de la Comisión de Hacienda de las Cortes franquistas, que alumbrarían el Régimen Económico y Fiscal de Canarias, el famoso REF, que era un eslabón más de una historia que comenzó con el ‘Fuero y privilegio de Gran canaria’ otorgado por los Reyes Católicos en una Real Cédula fundacional de nuestras singularidades.

Desde el ‘Teneguía’ los tiempos han adelantado una barbaridad, como decía don Hilarión en la ‘Verbena de la Paloma’. Nunca antes ha habido tantos descubrimientos tan seguidos, tantas patentes, tantos cambios asombrosos en la vida de una persona. Una vez le pregunté a mi madre, ya con 90 años, que cuál había sido el invento más importante que había visto en su vida. Respondió enseguida, sin dudarlo: “el móvil, claro”. “¿Y la tele – le dije- no es una buena compañía?”. “Sí, contestó enérgica, pero si me caigo y le pido auxilio no me sirve. El móvil sí. En el móvil no estás solo ni en el Himalaya ni en medio del mar… Los móviles son un invento maravilloso, hijo mío”.

En 1971 no los había. A mediados de octubre yo estaba en Lanzarote cubriendo la información de una huelga y un paro patronal de los sardinales. ¡Aún había sardinas para mantener una flotilla!. El delegado de Trabajo, Ciriaco de Vicente, había emitido un laudo de obligado cumplimiento, y hasta Arrecife había ido acompañado del inspector del departamento, Fernando Cardenal (ambos resultaron ‘infiltrados’ socialistas). Apenas los había entrevistado cuando me entero que ‘lo’ de La Palma se agrava. Que no solo hay temblores y se oyen ‘ruidos’ o ‘ronquidos’ que suben desde las profundidades, y que se escuchan en pozos y galerías incluso en Tenerife, y se dice que hasta en Antigua, sino que huele a azufre. Llamo pues ‘ipso facto’ a Juan Francisco Sardaña, mi director en ‘La Provincia’, y le digo que me voy a La Palma con lo puesto en el primer avión. Arreglamos que el chófer de la empresa fuera a mi casa, la de mis padres, a mis 23 años aún no tenía apartamento, que mi madre le entregaría una mochila con una muda, y que el administrador metiera en un sobre 5.000 pesetas para los primeros gastos, y que con todo, y ‘una bolsa’ con carretes fotográficos, lo llevaran al aeropuerto de Gando-Gran Canaria y se lo dejaran al ‘chaqueta roja’ relaciones públicas de Iberia, señor Torres.

Así que con la máquina de escribir portátil ‘Olimpia’, como de cinco kilos de peso, y con mi inseparable ‘Pentax’ colgada del hombro derecho, envío mi primera crónica el día 23. Le pongo este titular: ‘Todo a punto en La Palma por si hay una emergencia’. Y un par de subtítulos: ‘Muchos vecinos duermen al aire libre, en tiendas de campaña, y ‘La Cruz Roja tiene el material dispuesto; los ayuntamientos, preparados por si hay evacuaciones”.

Como ‘internet’ no habitaba entre nosotros, y ni siquiera sabíamos lo que era o sería el universo digital, las crónicas las hacía a máquina, en la habitación del Parador Nacional, en el cuartelillo de la Guardia Civil del lugar, o en un bar. Nadie me puso inconveniente para llamar por teléfono, uno de aquellos negros de baquelita, eso sí, a ‘cobro revertido’. A veces un colega de Madrid tomaba notas con disimulo. En la crónica del 25 ya consideraba inminente el ‘nacimiento’.

En las primeras horas del 26 se produjo por fin el ‘alumbramiento’ que convertía los temblores en ‘dolores del parto’, como me decía un anciano agricultor que vivió el nacimiento del San Antonio en 1949. Por fin el 26 estalla impetuoso el ‘Teneguía’, aunque este nombre no figuraba en ninguna quiniela. Era más probable, se creía, que se le bautizara con uno de los santos del día: San Evaristo, San Luciano o San Marciano...

Mientras pasaban los días, se producía un tránsito fructífero: del miedo se pasó a la curiosidad, y al negocio. Comenzaron los vuelos chárter –como el de un avión fletado por el colegio Heidelberg, para los alumnos y sus padres…- y las lomas se convirtieron en asientos de un enorme anfiteatro natural.

Una conversación ‘técnica’ ya entrada la noche del 29 con el muy amable y asequible profesor Telesforo Bravo, catedrático de Petrología de la Universidad de La Laguna, me dio una exclusiva. Llamé al director Sardaña y decidió que retrasaba la edición, pero que me diera prisa. Pasada la medianoche terminé el dictado: ‘Habrá más Islas Canarias’. ‘Varias están emergiendo lentamente al norte y al sur del Archipiélago’. La rotativa ‘Marinoni’ comenzó a tirar de madrugada.

Cuando las cosas volvieron a su sitio, yo volví a la redacción… de paso para nuevas crónicas. Ahora escribo en mi portátil esta columna sintiéndome otra vez testigo de un acontecimiento histórico que expande el sentido de canariedad. Y que además expone un gran y enriquecedor contraste: las cosas que nunca cambian en un mundo que cambia velozmente. Casi atrozmente.

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