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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Fernando Canellada

Azul atlántico

Fernando Canellada

Periodista

Hombre de ley

La muerte de César García Otero es un tristísimo acontecimiento. Que injusta es toda muerte y, más si cabe, en la plenitud de la vida en todos los sentidos . Había estado cerca de volver al Tribunal con el alta médica, pero hay enfermedades traicioneras. César peleó con el cáncer de pulmón estos dos últimos años con el mismo ánimo que se enfrentaba a los más complicados procedimientos judiciales.

Sin dejar de responder al móvil, se le veía por la plaza de España en compañía de su esposa Carmen, cuando los virus y los tratamientos se lo permitían. El confinamiento y el covid también le complicaron la enfermedad. Con todo, era pasionalmente optimista cuando relataba su terapia. Al igual que en su vida, hombre de ley y espíritu libre, creía en lo que creía y lo hacía con ardor. Le quedaron pendientes comidas y sobremesas divertidas, viajes inolvidables y noches sin límite. César García Otero era un maestro de la buena mesa, disfrutaba bebiendo y comiendo. Pensaba que antes que apagarse era mejor gastarse. Como cangués, tierra de mina y pólvora, quemó lo que le apasionaba con intensidad. Al escribir dificultosamente estas líneas, dejo para otros su talento jurídico y judicial, y quiero recordar un gesto de hospitalidad que definía a este astur canario en cuerpo y alma. De todos los escenarios en los que tenía protagonismo a lo largo del tiempo, me quedo con Navidad, motivo para organizar una fiesta en su domicilio. Cantaba villancicos para inaugurar el Nacimiento familiar, conversaba, brindaba y disfrutaba con los mejores deseos. Así era César, con la casa abierta de par en par, como su corazón. Quienes tuvimos el privilegio de compartir la vida con este jovial magistrado llevaremos la intensidad de su amistad siempre con nosotros. Todos los amigos, al morir, dejan un hueco irreemplazable. A mi me queda vacío el hueco de su sonrisa y su vitalidad.

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