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Marisol Ayala

Volando bajito

Marisol Ayala

La vida mandó parar

Cuando la conocí era una niña de pocos años. Alta, pelo negro, risueña, casi infantil. Un amigo enamorado de la cultura oriental me contó que en Las Coloradas un japonés y una canaria habían abierto un restaurante asiático donde la calidad de la comida se apartaba mucho de la que habíamos probado hasta entonces en Canarias. No acababa de entender qué hacía aquella niñas en un restaurante que siendo japonés no era fácil defender. El negocio de sus padres fue un éxito y de hecho sus hijos mayores acabaron trabajando en la cocina. Eran tan especiales que me empeñé en conocer por qué un ‘japo’ en Las Coloradas, viajando nada menos que de Japón. Esos hijos adolescentes manejaban con destreza la cultura de aquel país. Aquella niña vivía en una pensión de Albareda con su padres y entre todos defendía el negocio, madre y abuela incluidas En pensión se alojaban japoneses que venían en cargueros, dormían unos de paso y luego seguían su ruta; pero como las sorpresas se manejan solas la niña con 14 ó 15 años, reparó en un hombre que tenía los ojos “raros”. “No había visto a nadie con los ojos así”, me dijo. Es decir, rasgados. Él tenía 24 años y se enamoró de la niña así que con el permiso de sus padres se la llevó a Japón. La niña no estaba entusiasmada con el viaje pero la pobreza de la familia pesó mucho. La madre vio en ese viaje la posibilidad de que la pequeña tuviera una vida mejor pero el papá hizo prometer al yerno que cada dos años la traería a Las Palmas. Vivieron años en Japón y en ese tiempo ella trabajó allí en el restaurante familiar. En uno de los viajes de regreso a esta isla para abrir el ‘japo’ y quedarse aquí la salud del hombre dio un vuelco y enfermó. La familia echó el cerrojo al negocio y a sus ilusiones.

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