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Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

Pejigueras

Recuerdo en mis tiempos de estudiante lo ingrato de pasar a máquina tareas del instituto, con copia en papel carbón que siempre se arrugaba, o tener que esperar por una conferencia telefónica a mi familia cuyo tiempo de demora era pura lotería. No puedo sino estar agradecido a las facilidades que se me brindan hoy día. Gracias a mi móvil me puedo conectar instantáneamente con mis hijas desde las antípodas y hasta puedo ver en pantalla sus caras risueñas. Y multiplico la velocidad de mis escritos modificándolos y corrigiéndolos digitalmente a mi antojo y sin esfuerzo.

Pero hay cosas que no han cambiado y que a mi edad incluso requieren de más esfuerzo. El otro día en una celebración familiar procedía descorchar una botella de champán. Como cabeza de familia me tocó tal menester. Con la rutina de cantidad de botellas disparadas a lo largo de mi vida, me dispuse, como me enseñaron desde joven, a sujetar fuertemente el tapón con la mano izquierda, girando la botella con la derecha. Pero como el corcho se resistía a obedecer, hube de disculpar un breve aparte, para con cierto disimulo hacerme con una llave tubo de fontanero que atesoro en mi caja de herramientas. Subrepticiamente conseguí manipular el corcho, haciéndolo girar un par de vueltas. Para luego aparecer a la mesa, con la botella en ristre y mediante un elegante movimiento del pulgar conseguir el esperado ¡POP! (Y el consiguiente disparatado rebotar del tapón entre los expectantes comensales).

Está claro que la tecnología high tech no me pudo ayudar en esta ocasión.

Pero sí en otro ejemplo, en una situación a caballo entre la tradición y la modernidad.

A efectos de un viaje en avión precisaba un análisis de PCR, que por circunstancias que no vienen al caso hube de agenciarme en un pueblo de las afueras de Madrid; me aseguraban que el laboratorio era fácilmente localizable; ”justo al lado de la biblioteca municipal”, ”casi frente a la farmacia”. El caso es que no escarmentado de casos anteriores me dirigí tempranito hacia el ”Centro Analítico”, que se mostró extrañamente esquivo. La consulta a varios vecinos del pueblo tampoco dio sus frutos. Alguno incluso insistía en enviarme al Centro de Salud, a kilómetros de distancia. Hasta que me topé con un afanado deportista en traje de yoging, en plena sesión matinal. Pues resulta que dicho personaje, que no dudó en interrumpir amablemente su rutina, disponía de un móvil en el que procedió a teclear el nombre de mi destino. Y la tecnología nos ayudó de nuevo, remitiéndonos a la dirección que debiera haber memorizado yo desde un principio, y que resultó ser profética; ”Calle Calvario num. 3”

Con lo cual en esta ocasión la tecnología moderna pudo sacar de apuros a un iluso de los que todavía se fían de los bienintencionados consejos del tipo ”No tiene pérdida”,”Lo verás enseguida” en vez de apuntar pedestremente el nombre de la calle y el número correspondiente.

Por cierto unos momentos antes de reseñar estas reflexiones, me estaba enfrentando a otra de estas molestas pejigueras para las que la ciencia no parece tener antídoto.

Recién duchado me estaba intentando poner unos calcetines de lana, con los pies todavía húmedos. ¿Parece una tontería, verdad? Pues inténtelo y verán.

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