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Roberto Gil Hernández

Reflexión

Roberto Gil Hernández

Antropólogo

Turistificarlo todo

A su paso por Canarias, la división internacional de la riqueza y el trabajo nos ha cambiado para siempre. La intervención feroz en nuestra orografía, usos y costumbres nos ha dejado una herida indeleble en la conciencia. Para enhebrar sus puntos de sutura es necesario hablar de turistificación.

La transformación ha sido tan grande que, ante cualquier dificultad, no somos pocos los que acudimos a una misma palabra totémica: turismo. De algún modo nos hemos convencido de que es suficiente con enunciar el modelo productivo que reina en nuestra economía para vencer la adversidad. Poco importa que el problema al que nos enfrentemos sea una crisis bancaria, una pandemia o el fin del mundo tal como lo conocemos. Pase lo que pase el espectáculo debe continuar.

Algo se esconde, sin embargo, en el reverso de esta retórica totalizante en que hemos depositado tantos afectos. Además de una fórmula de desarrollo voraz que no reparte bien sus abultados beneficios, el turismo en Canarias es hoy una promesa imposible de felicidad, un horizonte sin tiempo al que dirigen su deseo no solo turoperadores, hosteleros y políticos. También lo hacen quienes nos visitan y, especialmente, aquellos que mantienen con su esfuerzo diario el negocio a flote, muchas veces en condiciones de explotación y precariedad. Puede afirmarse, por tanto, que el turismo es parte esencial de una potente ideología que apenas recibe contestación en el Archipiélago.

El problema con las ideologías, como advierten las fecundas teorías del conflicto, es que su objetivo es hacernos inteligible el mundo. Como un velo para la conciencia compuesto por símbolos y sentimientos, estas presentan cuanto nos rodea imbuido en el hecho ideológico, con el propósito de contribuir a un tipo concreto de orden social. Por ello, si alguien se pregunta por qué transcurre la vida en las Islas con cierta tranquilidad, a pesar de sus terribles datos de pobreza y exclusión, la respuesta la encontrará en el funcionamiento estos mecanismos de producción y control de la realidad.

Como se sabe, además de contribuir a la paz social, la ideología dominante también puede volvernos insensibles. Por ejemplo, si desde determinados centros de poder se predica que solo el turismo salva al turismo, pues esto significa que cuanto queda en su margen se debe ignorar. ¿O acaso el éxito de destinos como Canarias no está basado en que la miseria que hay en el territorio no cabe en su promesa de felicidad?

En los últimos días hemos vuelto a ser testigos de cómo esta ideología se sostiene en la pura segregación social. Fiel a su anclaje en la colonialidad que franquea el Archipiélago, ha sido encubierta la experiencia traumática de miles de personas afectadas por el avance de la erupción volcánica que sacude La Palma. En su lugar se ha resaltado la magnitud de un fenómeno natural que ha sido resignificado en tiempo récord para su encaje en los mercados del ocio. Así pues, es un hecho constatable que han sido las élites y los medios de comunicación quienes han cultivado esta mirada indolente sobre los acontecimientos. De ahí que sea la mayoría social isleña la que pueda lograr que esta realidad empiece a mejorar.

El primer paso podría ser denunciar los intentos de mostrar la catástrofe como espectáculo, lo que supone un desprecio a la perspectiva local sobre unos episodios que, sin ser históricos ⸺pues la erupción acaba de empezar⸺, han sido realmente trágicos para la población insular. Rechazar la fantasía turística que plantea que en Canarias no hay hueco para el sufrimiento, ni siquiera en el caso de personas desplazadas por el desastre, también parece una labor indispensable. Aunque es la negativa, una vez más, a que existan espacios donde se pueda cuestionar la relación que guarda el turismo con la deshumanización de los damnificados, las clases trabajadoras, las personas migrantes o cualquier otra condición que atente contra su rentabilidad, la que delata el alcance de su delirio extractivista. Por eso, insisto, canalizar todo ese malestar es el papel que debemos jugar.

En resumen, no es posible escapar de la ideología, pero es viable transformarla para cambiar la realidad. Atravesar el espejismo turístico que envuelve Canarias implica revelar la verdad que se esconde tras su fachada de goce: un capitalismo insostenible contra el que urge pensar y también actuar. Esta tarea es impostergable para secar los afluentes de desigualdad que padecen muchas mujeres y hombres en el Archipiélago. Si la historia aquí, contraviniendo al filósofo, no se repite dos veces sino siempre, debe ser porque nuestra farsa, nuestra auténtica tragedia ha sido turistificarlo todo.

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