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Juan Francisco Martín del Castillo

Aconséjeme

No sabía cómo comenzar la columna. Lo único claro era la intención de buscar el consejo del lector, de aquellos que encuentran en mis palabras, siempre torpes, el aliento suficiente para sostener una idea o, por el contrario, criticar la del rival. La vida de los articulistas, y perdón por dar rienda suelta al egotismo, es un desafío imposible, el de escribir la columna definitiva, como dijera el maestro Raúl del Pozo. Una tarea titánica, abocada al fracaso más seguro, pero, por un día, en vez de aguardar pacientemente a la reacción del otro lado, he decidido lanzarme al vacío. Sigo esperando, como en la primera hora, pero esto que propongo es algo diferente. He hecho firme el propósito de someter a juicio el mantener la ruta, el camino largamente hollado o, tal vez, ya se verá, virar hacia lo desconocido.

Lo que se sabe del mundo progre, al menos hasta la fecha, es que no ha modificado ni esto su postura intransigente y despectiva hacia los que no piensan bajo sus coordenadas, ya sea aquí como en las heladas cumbres del Tíbet. Da igual que hablemos de los defensores de la «cancelación», una expresión por cierto muy desagradable, qué quieren que les diga, o de los ídolos de la ideología de género, una palabra, esta última, que de tan manida cuesta hasta reconocer. Lo impepinable es que la fenomenología del progre se caracteriza por la imposición de sus criterios sobre el resto de opciones posibles. Mas, en los últimos días, porque no se puede admitir con rigor que hayan sido semanas y menos aún meses, he percibido en los medios progresistas lo que parece ser un giro hacia el sentido común. Por ejemplo, en los artículos de una Lindo o en los de un Muñoz Molina, me he visto gratamente sorprendido, si bien lo sublime, con lo que he disfrutado como un niño o, como hubiera dicho el genio de Jardiel Poncela, con lo que me he «esgorciado» a gusto, ha sido con las separatas del azote del facherío hispano, la señora Almudena Grandes, que, en lugar de desayunarse con el suave tintineo del fusilamiento de algunos disidentes, según propia confesión, se nos ha descolgado con la tibieza del morigerado.

Por eso, pido humilde consejo a quien jamás me ha defraudado, al que intuyo cercano. Solicito de la amabilidad de los lectores la respuesta a una consulta. ¿Confían en la sinceridad de las palabras de los aludidos? ¿Es real el giro en las opiniones vertidas? ¿De verdad, como se decía en un editorial de El País, ahí es nada, que habría que aceptar una tregua en el clima de confrontación entre los españoles? Para su información, y a la espera de la encuesta, el cuerpo me pide prudencia. Uno lleva los años suficientes sobre este mundo como para resistirse a la credulidad, aunque la esperanza vaya en esa dirección. Los señalados, a los que habría que añadir una larga lista en la España de provincias, no dejan de ser intelectuales, y además bien situados en los aledaños del poder. Quiero decir que me resulta muy sospechoso el giro de estos jornaleros de la inteligencia, especialmente si se está en el conocimiento de las proyecciones electorales sobre lo que puede acontecer a nivel nacional en unos próximos comicios. En suma, no me los creo. Es más, pienso que el cambio es puro artificio, un mecanismo de supervivencia ante la futura adversidad. Aunque también considero que, si fuera un progre –ese ser de luz que sobrevuela sobre nuestras cabezas, mirándonos con una extraña mezcla de pena y desprecio–, digo, si fuera un progre, me sentiría con razón traicionado, hasta víctima de una intolerable falta de respeto. Así que aconséjeme, concédame la gracia de ayudarme a tomar una decisión. Ya aviso que sobre éste que siempre les tiene en mente pesan tantos desengaños acerca del cambio de las personas, y todavía más entre los hijos de la progresía, que le será muy difícil sustraerse al pesimismo.

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