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Myriam Z. Albéniz

Desde la sala

Myriam Z. Albéniz

La franqueza infantil choca contra la incoherencia adulta

En estas todavía fechas de inicio de curso me ha venido a la mente una conversación de la que fui testigo hace ya algunos años, pero que sigue más vigente que nunca. La mantenían varias personas cuyos hijos iban a comenzar la catequesis de Primera Comunión en otro septiembre como este. En su centro escolar asistían a clase de Religión, pero para recibir el citado sacramento debían recibir la formación correspondiente en sus respectivas parroquias. La falta de entusiasmo ante el evento presidía aquella reunión y me resultó bastante revelador comprobar cómo sus participantes afrontaban los dos años venideros casi como una condena. No obstante, todavía me sorprendió más que ninguno de ellos tuviera el valor suficiente para ser consecuente ante su mayor o menor rechazo a las normas y costumbres del credo cristiano. En definitiva, pretendían alcanzar una especie de acuerdo colectivo para compartir aquella coyuntura de la mejor manera posible.

Algunos no querían defraudar a sus pequeños dado que, si muchos de sus compañeros la hacían, no iban a comprender el porqué de la negativa parental ni la consiguiente ausencia de fiesta y de regalos, de modo que aguantar durante meses los reproches de un decepcionado niño de ocho años no les resultaba demasiado halagüeño. Otros se veían sin ánimo para desilusionar a los abuelos de la familia, incapaces de aceptar que sus propios hijos les negasen la satisfacción de ver a sus nietos recibiendo el sacramento infantil por excelencia. Y todos, sin excepción, manifestaban su desazón por tener que, durante veinticuatro meses, acompañarles en la misa dominical. Llevaban tanto tiempo sin pisar una iglesia que afrontaban el porvenir con auténtico vértigo.

Confieso que en aquel momento, movida por la prudencia y, más aún, por el respeto que dispenso a las decisiones sobre asuntos tan íntimos, no me pareció oportuno expresar mi parecer, sustancialmente contrario al del resto. Como creyente y practicante, siempre he procurado ejercer una crítica constructiva de la jerarquía eclesial, consciente de que la Iglesia católica presenta a lo largo de su historia una trayectoria de luces y sombras, y que acierta cuando asume su cuota de responsabilidad en el desprestigio que a veces le acompaña. Pero, al mismo tiempo, me resulta paradójico que, a pesar de ser la portavoz de uno de los mensajes más influyentes y positivos de la Historia de la Humanidad, no siempre contrarreste con datos perfectamente demostrables (servicios en hospitales, colegios, comedores sociales o misiones, por citar sólo algunos) determinada imagen que no se ajusta a la realidad, o no al menos en la medida en que sus detractores la generalizan. En cualquier caso, creo que vale la pena que no pocos progenitores reflexionen sobre la conveniencia de llevar a sus hijas e hijos a una catequesis que cuestionan y en la que unos sacerdotes les transmitirán durante nada menos que un bienio una serie de enseñanzas que acabarán el día de su Primera Comunión, cuando termine el banquete y los invitados regresen a sus hogares. Por ello, nunca es tarde para reconsiderar el traslado de determinadas creencias que los propios adultos no comparten o que, en el mejor de los casos, les resultan indiferentes. Me gustaría asimismo apuntar la posibilidad de transformar esta celebración eminentemente espiritual, para que deje de ser el actual escenario de vestidos, restaurantes y obsequios que en nada coincide con la humildad del mensaje cristiano. Como en tantas otras cuestiones de la vida diaria, las formas han aniquilado el fondo y es una lástima. Aunque no lo parezca, los menores advierten claramente, a pesar de su corta edad, las incoherencias de sus mayores, y no solamente en el ámbito de los credos y las ideologías. ¿O acaso les convenceríamos de los perjuicios del tabaco con un cigarrillo en los labios? Tengámoslo siempre en cuenta a la hora de actuar.

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