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Entre líneas

Hemos perdido

Es fácil proclamarte comunista desde un pisazo frente al Retiro, o apoyar okupaciones y  escraches desde un chalet protegido por una docena de guardias civiles, o clamar por la opresión del color rosa en la ropa de niña mientras callas ante el sometimiento y asesinato impune de mujeres por parte de regímenes teocráticos medievales que te financian. 

Eso es fácil. No tiene mérito especial si eres capaz de convivir con tu propia poca vergüenza, sí aún te queda de eso.

Pero para vivencias difíciles, las de quienes aún aguantan su día a día en una localidad plagada de nacionalismo y justificación de asesinatos. Qué digo justificación: alabanzas, aplausos y homenajes.

Los medios nos enseñan las manifestaciones, los carteles pidiendo la liberación de los etarras, el acercamiento de los asesinos a cárceles gestionadas por los mismos que organizan esos homenajes.

Lo que resulta más complicado es escuchar la voz de las víctimas de esos crímenes, a cuya tristeza infinita y pérdida irreparable se añade otro crimen diario y sin término final: el de saberse silenciadas y tapadas con vergüenza, como si fueran ellas las culpables de que sus hijos, sus padres, sus familiares, sus amigos fueran cobarde, gratuita y vilmente asesinados por correligionarios y amigos admirados de quienes hoy mandan en sus ayuntamientos e influyen como socios preferentes en el gobierno de España.

No soy capaz de imaginar cómo es vivir en el opresivo ambiente de algunas ciudades y pueblos en los que no sólo te privan de la vida, sino en los que además se teje a tu alrededor un muro de silencio y desprecio. Cruzarte a diario con quienes como mínimo, sabían, callaron o miraron a otro lado.

Ahora la eta ya no mata, no. Pero hay quien sigue viviendo en el ojo del huracán. Y eso se silencia porque preferimos pensar que la convivencia es un éxito y que se ha pasado página. Pero no, no se ha pasado página; simplemente hay vencedores y vencidos. Y quienes han vencido no son precisamente la justicia, la razón y las víctimas. 

Lo de estos días en Mondragón lo confirma. Aplausos a los asesinos, y silencio y repudio para las víctimas, en una sociedad fallida en la que se han perdido todas las referencias morales y cualquier sentido de la justicia.

Y medios de comunicación jugando con las palabras, cobardes e incapaces de llamar a las cosas por su nombre: asesinos, cómplices, indecentes, inmorales. Escoria.

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