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Juan Cruz Ruiz

Testigo de calle

Juan Cruz Ruiz

Periodista

Miles de horas de fuego, incertidumbre, dolor y periodismo

Pocas veces como en circunstancias como esta que sigue ocurriendo en la muy hermosa isla de La Palma ha sido cierta la legendaria definición que Eugenio Scalfari, el gran periodista italiano, hizo del oficio que practicamos: periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente.

Cientos de profesionales de las islas, de la radio, de la prensa escrita, de la televisión, marcados por la obligación de decir lo que pasa, de retratarlo, de compartirlo; e igual de legión de periodistas peninsulares o extranjeros, están teniendo este fuego invasivo y volcánico como el centro mágico y terrible de sus preguntas, de sus reportajes y de sus crónicas. El estupor y la tristeza son materia de sus interrogantes, y la ciudadana alertada y triste ha ido contando, minuto a minuto, lo que sucede, lo que les sucede, lo que pasa en las casas que cuidaban y habitaban, la cuna o el lugar de sus sueños, la materia de sus trabajos y de su vida.

Está siendo un tiempo especial, algo que solo se cree si se ve. Ni contada es completa la imagen de lo que pasa, porque ese fuego que sigue vertiendo la tierra, esa materia de piedra y ceniza que ha arrastrado barrios y pueblos y casas hasta hundirlos en el aire o en el mar, resulta increíble, como una pesadilla que mezcla lo fascinante con lo horrible.

Entre esos medios que han puesto el foco donde tenía que estar, para que el periodismo hiciera lo que tiene que hacer, contar lo que pasa y preocupa o duele, está la Televisión Canaria, despierta horas y horas, sirviendo palabras e imágenes del suceso más grave y conmovedor de la reciente historia de las islas, que se hace de alegrías pero también de sucesos así, como aquel Teneguía que veíamos surgir del suelo desde Tenerife en 1971, cuando aún la técnica era incapaz de simultanear su presencia con el suceso.

Esta cobertura, que persiste tras estas horas de infinita desesperación y de espera, constituye un servicio público fuera de serie, que el periodismo le debe a la sociedad y del que se han servido miles de televisiones de España y de todo el mundo, conectadas algunas de ellas a la señal que el medio que dirige Paco Moreno ha dispuesto para que todos supiéramos, a la misma hora y en latitudes u horarios diferentes, qué esta pasando en la isla de La Palma, cuál es la consecuencia rabiosamente humana de esta devastación del suelo y de las casas y de los sueños de quienes, desde la distancia que impone la ceniza, miran caer uno a uno los tesoros que fueron parte de su vida cotidiana, convertidos ahora en recuerdo o en nada.

El periodismo es servicio público, esencialmente, jamás se puede distraer de esa obligación civil, y en este caso el oficio ha tenido en Canarias, con los distintos protagonismos que he ido reseñando, una emocionante manera de expresar el resultado de esa obligación. En las voces y en las imágenes y en los escritos se ha podido percibir, cada hora, cómo persiste entre nosotros, en medio del universo ruin de las fake news y de la frivolidad, el cumplimiento de ir adonde están pasando los dramas que aguardan a la naturaleza humana y también al territorio que habita. Tierra de volcanes, lugar acostumbrado a esta clase de temblores de la tierra, la isla ha estado siempre preparada para que este susto que ahora es noticia tan prolongada y triste surgiera del suelo como el volcán inesperado del que todo el mundo tuvo alguna vez noticia o recelo.

Desde la Península o desde Tenerife he vivido cada día el resultado sentimental, humano, de esas imágenes, he leído las crónicas en los diarios impresos, he escuchado la vibración de la radio contando, ante el rugido de la tierra, el sufrimiento de la ciudadanía, y he vivido como muchos isleños de la diáspora o de las otras islas ese dolor de la pérdida que constituye el resultado diario, la esencia de lo que pasa. Cada ciudadano, cada campesino, cada persona que ha aparecido ante los micrófonos, las cámaras o los bolígrafos ha ido contando paso a paso cómo ha subido a sus respectivas gargantas su testimonio del estupor.

He sentido ganas de llorar, de abrazar el aire y la esencia de lo que dicen, he asistido al relato humano de los sucesivos desastres, individuales o colectivos, la emoción que proviene de la evidencia del horror de quedarte sin casa, sin los enseres que fuiste guardando año a año, he leído y visto y escuchado lo que sucede cuando la desesperación anula las palabras y deja que las imágenes o los suspiros sean la banda sonora de la vida.

Y he sentido la frustración que ocurre cuando querrías formar parte de los que ayudan, de los que están allí, viviendo con los que sufren la tarea infinitamente dura de ver cómo se desmorona, con la tierra, la ilusión de lo que algún día fue el momento en que ya está en pie una casa. Y ahora resulta que es nada, nada, y quien la pierde la mira desde lejos, piedra a piedra cayendo ante sus ojos.

Como muchos, he visto lo que pasa por la televisión, lo he escuchado por la radio, lo he leído en la prensa, he sabido también por los amigos palmeros el tamaño de su decepción o de su esperanza, y hubiera querido ir, estar con ellos, y sólo he sentido que lo podía hacer en sueños o mirando. Ahora ya han pasado tantas horas, han sido tantas las razones para llorar con los palmeros o para admirar su entereza, el noble trabajo de los que, sin descanso, cumplieron sus oficios, en la vida pública, científica, política o sanitaria, para convertir su obligación en un abrazo gracias al cual la desolación se ha mantenido a raya, así que el fuego no ha sido capaz, en medio de la devastación que protagoniza, de quitarle a ese trozo herido de la isla la pasión de seguir viviendo cuando ya se apague de una vez este cuadro de fuego, este enorme vivero de lava que ahora ya también es parte de lo que fue la orilla del mar en la isla de La Palma.

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