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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

Por fin llega la hora de la vivienda

En algún pudridero he leído que el intervencionismo en los alquileres traerá consigo un mercado negro. Y pregunto: ¿En qué estamos ahora? Ser un inquilino en España es peor que meterte en un foso de fieras, donde a dentelladas tratan de sacar de la otra parte contratante todas las fianzas posibles, casi todas a fondo perdido, aparte de insólitos seguros de hogar, y si pueden, adosarte el pago del IBI. Todos, de una manera u de otra, hemos experimentado la sensación de la explotación más artera a la hora de estampar la firma para cerrar un arrendamiento. Si no hay remedio, acabaremos asentados en la madriguera española: abuelos, padres, hijos y nietos metidos en 80 metros cuadrados, 40 más que con los cubículos de las barriadas de los cincuenta. Y todo dividido por cortinas. Tenemos un problema crónico, cebado con panceta por grandes especuladores, fondos de inversión y firmas bancarias que trabajan a destajo para frenar en el alto tribunal la ley de Yolanda Díaz. Pedro Sánchez en solitario no hubiese tocado este bocado incrustado en el sanctasantórum de la derecha, que ha acabado contaminando al PSOE a través de las puertas giratorias. El asunto de la vivienda clama al demonio en este país, donde la política de construir casas de protección oficial era más seria con Franco, toma ya, que con los que andan presumiendo noche y día, en congresos y en cenas de rabo de toro, sobre hazañas de pavimentación de calles o plantación de geranios. En alguna parte de la historia nos perdimos algo o nos enredamos con un pulpo. Ya garantiza la Constitución, entre otras cuestiones, el derecho a un techo digno, razón social que a lo largo del tiempo ha flotado en el texto para demostrarnos una y otra vez la incapacidad de la clase política para superar este pesado ancla. Nos hemos pasado la democracia entre la satisfacción de tener un principio constitucional tan progresista y la impotencia de no poderlo aplicar. Incluso, ha sido ocultado para disipar tanto fracaso. Todavía queda lana por cortar, pero no hay duda de que algo se mueve.

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