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Marisol Ayala

Volando bajito

Marisol Ayala

Casualidades

Los voy a poner a prueba que hoy tengo un día juguetón. A ver sí soy capaz de contar algo real cuya primera parte relaté en esta columna el 23 de febrero del 2020, una historia complicada que espero recuerden. Es la casualidad inesperada y sorprendente como todas las casualidades. No pensé poder escribir jamás la segunda parte de una historia que conocí en la calle. ¿Recuerdan el relato de una joven, guapa, negra con unas copas de más que perdió el equilibrio y cayó al asfalto de la rotonda del centro comercial El Muelle a punto de ser atropellada? Espero que lo recuerden. Pues nada, acudí a socorrerla y le dije que me cogiera del brazo para evitar otra caída. Ni hablaba español ni recordaba la dirección de su casa pero de pronto de su bolso saltó una especie de DNI. Paré un taxi para que llevara a la dirección que figuraba en el documento. Ahí acabo la primera parte de la aventura de una mujer guapa, joven y negra que por la hora y su estado supuse que había estado en un bar de alterne y en una curva y corría peligro de ser atropellada, víctima propicia para ser agredida.

No volví a verla más a pesar de que hice algún intento para encontrarla pero fracasé y decidí que era un intento baldío. Tenía curiosidad pero la olvidé hasta que el último jueves sonó la campana. Hace tres día paseando por Triana me senté en un banco para ordenar un bolso. De pronto levanto la cabeza y frente a mí, en otro banco de la misma calle, estaba ella. Me acerque y le dije si era de Guinea. Su respuesta disipo todas las dudas. Hablé un buen rato con ella pero la mujer no recordaba nada del episodio que vivimos. Traté de que memorizara pero desistí. Supe que era guineana y que llevaba 15 años en Canarias que aquí nacieron sus dos hijos. Está en paro y vive como puede con muchas carencias y lo poco que le da el padre de sus dos hijos. De regresar a su país ni pensarlo. Me habla orgullosa de su madre que tenía siete hijos y a la que hace mucho que no ve, de hecho no conoce a uno de sus hijos. Cree que no la verá jamás y ahí se emocionó. Es una mujer derrotada por la vida. Busca trabajo y recibe una paga que no llega los 400 euros y esa situación le obliga a salir alguna noche.

Pobre Luisa.

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