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Javier Durán

RESETEANDO

Javier Durán

Periodista

El olvido

Las vidas de las que dispone un hombre o una mujer no se pueden tasar, pueden ser siete o nueve -algo increíble- como ocurre con los gatos, o sólo la que tenemos y punto. Tras el golpe seco y acerado de la pandemia todos, sin excepción, queremos recuperar la vida perdida, incluso hay individuos que desean algo más: otra vida diferente, aprovechar para cambiar una epidermis que los tenía entre depresión y depresión. Probarán a ver si es posible tal aspiración. Otros, en cambio, cayeron bajo la enfermedad y desconocemos dónde se encuentran: fueron entubados y nunca más el aire natural acarició las interioridades de sus gargantas. Unos u otros, tengan una, dos, tres o más vidas, convergen necesariamente en el olvido, ese borrado imprescindible para que las discotecas se vuelvan a atiborrar, las playas se desborden y los aviones fluyan de un punto a otro del planeta hastiados de masas ansiosas por llegar y salir. Es la felicidad del momento, de una fiereza material y consumista inabarcable e insaciable, que nada tiene que ver con lo que siente un mendigo cuando encuentra varios cartones para guarecerse. Hace menos de dos años este país se encontraba aterrorizado, perseguido por los estragos de un virus que nos llevó a poner en duda la capacidad del progreso alcanzado para enfrentarse al enemigo; impactado ante el cariz de un fenómeno que obligaba a la sociedad a confinarse por mandato gubernativo; asombrado al constatar que la gravedad de la situación se traducía en una militarización del espacio ciudadano; atemorizado de que su sistema público de salud se agrietase por la falta de medios humanos y tecnológicos para atender la espiral de demandas; acobardado por las muertes y contagios... Todas las generaciones suelen tener un hito destructivo en su historial, desde una peste al cólera o una guerra, pasando por un virus de última generación a un volcán, como sucede en La Palma. Logran tal condición de referencialidad extrema porque la vida está en juego, ya sea por su final inmediato e irremediable, o por el hecho de que todo lo conseguido se esfuma y hay que empezar de nuevo. El olvido del drama, por tanto, es la espoleta que activa un renacimiento, tanto desde el subsuelo de una enfermedad como desde las cenizas. Sin embargo, no es igual: dos o tres dosis de vacunas han sido suficientes para que el líquido vuelva a fluir por las arterias del mundo, y para que el gran organismo vuelva de nuevo a alcanzar velocidad de crucero -en algunos casos supersónica- , apartando de su lado cualquier tipo de pensamiento oscuro debilitador de una euforia cuya manifestación está aún por ver: sólo hemos atisbado el macrobotellón incontrolable, pero llegarán más ritos que están en cola y que depararán sorpresas. Al otro lado del tablero, la erupción en medio de la recuperación pandémica, una vez más la omnipotente naturaleza frente a una población despavorida. Estos afectados no alcanzarán el olvido de una forma tan fácil ni veloz, a la manera del monstruo capaz de deglutir sin pausa todas las adversidades que se le ponen delante. Al palmero se le plantea la gran cuestión de si le será posible o no obtener una vida igual a la que acaba de perder, dominada por el entorno natural, unas relaciones familiares de cercanía, una ruralidad idílica, un espacio vital enviadiable, un alejamiento de las grandes controversias... Tomar posesión de una segunda oportunidad acallaría el malestar, pero la pregunta inevitable es si será factible. ¿Podrá la ciencia, el urbanismo, la arquitectura, la sociología o la política levantar algo similar a lo que los palmeros han perdido? Intentarlo es una fórmula de escalar hacia un olvido apacible, de herida cicatrizada en el tiempo, un cajón de la memoria lleno de algodones. No ha sido una pandemia, pero diluir el trauma va a ser más complicado: se trata de empezar una vida como la vida anterior.

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