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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

Comparaciones volcánicas

Puedes registrarse varios subtramas argumentales en los discursos públicos sobre el impacto en la sociedad y economía palmera del volcán que atormenta a la isla desde hace más de tres semanas. Yo sospecho que una de las más peligrosas, cuya repetición como hedionda cantinela ya empieza a hartarme, es eso de que los canarios siempre hemos convividos con los volcanes y que saldremos adelante. Saldremos adelante, por supuesto, por la única y suficiente razón de que no nos queda más remedio. Pero las comparaciones con erupciones y calamidades del pasado no suelen ser demasiado precisas ni iluminadoras. No solo por las erupciones en sí mismas, sino por el contexto epocal y territorial en el que se desarrollaron. Por ejemplo, comparar la actual ciclo eruptivo palmero con la destrucción del puerto de Garachico a principios del siglo XVIII resulta bastante disparatado. Tanto por la idealización de Garachico, como si fuera Cádiz o La Habana, comentando supuestos palacetes de mármol bajo palmeras coloradas por cacatúas, como por la erupción que causó su ruina. Cuando llegó la lava de Montaña Bermeja los puertos de Santa Cruz de Tenerife y el Puerto de la Cruz ya estaban comenzado a disputarle la hegemonía a Garachico. De hecho no se produjo un percance especialmente grave en la relación comercial entre las Indias y Tenerife.

Lo que vemos acongojados en La Palma es muy distinto. El volcán está suponiendo un ataque directo a algunas de las zonas más valiosas en la producción del plátano, cultivo mayoritario de un territorio insular que debe cerca de un 20% de su PIB a la agricultura de exportación y alrededor del 23% de sus puestos de trabajo (directos e indirectos). Es una isla económicamente estancada hace un cuarto de siglo y obviamente subvencionada por el resto de la comunidad autónoma (basta con echar un vistazo al sobredimensionado aeropuerto de La Palma o el brutalmente caro y para muchos ocioso Puente de las Angustias para comprobarlo). No, La Palma no corre el peligro ni de hundirse en el océano ni de caer en el canibalismo, pero sí de atravesar una situación muy delicada en la que el dorado y somnoliento estancamiento al que se ha adaptado como un viejo guante de seda se convierte en una auténtica crisis. Porque además debe contarse con un factor importante en las sociedades contemporáneas que no existía en Garachico: la trascendencia de la experiencia subjetiva de los más afectados. En las últimas noches muchos cientos de palmeros han pasado las horas soportando temblores incesantes que mueven sus viviendas y enseres, un susurro amenazador del que no te puedes librar. La Palma, en cierta forma, lo quiere todo. Quiere que se le devuelvan las casas arrebatadas por la lava, las huertas achicharradas, las fincas perdidas, el paisaje secuestrado para siempre por la crueldad indiferente del volcán. Nadie –obviamente -- protestó en Garachico. La protesta y la exigencia de auxilio a los poderes públicos forman parte de la gramática democrática. En cambio todo el mundo protesta – y en general razonable y todavía silenciosamente – en La Palma y sobre todo, en el valle de Aridane.

Garachico no exigió, como tal vez sería provechoso hacer en La Palma, reinventarse a sí mismo. En realidad la Isla Bonita ya había perdido muchísimo tiempo y oportunidades desde principios de siglo, lo que no significa que ni en la agricultura ni en el turismo no se hayan impulsado experiencias fructíferas. La Palma no puede esperar tres siglos como esperó Garachico por un nuevo muelle o resignarse en que en la futura fajana los taratanietos de los turistas ingleses puedan beberse una copa junto al mar. Necesita respuestas y no solo la ayuda inmediata a los damnificados y arruinados por el volcán. Necesita una estrategia de crecimiento económico propio y espero que no quede en manos del Gobierno regional o el Cabildo insular, sino de la sociedad palmera en su conjunto.

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