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Javier Cuervo

Artículos de broma

Javier Cuervo

Besos, abrazos, orgasmos

El Covid lleva el contacto físico va a menos. Hay mujeres que quieren el fin de los dos besos en presentaciones de trabajo. Me apunto. No como mujer, ni como puritano, ni como aprensivo; como tímido al que se le hace un mundo elegir mano o mejilla, adelantar pie sin pisar, recordar un nombre y asociarlo a una cara, al tiempo. Por azoramiento, una vez acaricié la cabeza a la chica y di dos besos a su pastor alemán. Me valdría un movimiento leve de cabeza, pero me conformo con estrechar siempre la mano.

Felipe González ofreció anticipada y preventivamente la mano a Pedro Sánchez, pero al final acabaron en un abrazo que «escenificó» la unidad de todos los tiempos del PSOE en el actual, de todos los presidentes del hombre, de tantas veces Pedro. Los abrazos se escenifican. Son fáciles. Preferiría que tuvieran que escenificar un orgasmo, que es más comprometido. El anterior gran abrazo escénico, el de Pablo Iglesias con Pedro Sánchez, tuvo algo de robado por el antiguo líder de Podemos. Este nuevo abrazo tuvo algo de forzado. Pareció una artimaña de Zapatero. Sánchez iba a darle la mano a Zapatero y Zapatero lo llevó al abrazo. González adelantó la mano antes de tiempo y Sánchez no pudo darle menos que a Zapatero. A Almunia se le tiró directamente a los brazos. O lo pactó Adriana Lastra o lo urdió Zapatero o salió así, aunque no sean tímidos. En el patio del colegio los curas forzaban a dar la mano a los rivales después de detener la pelea.

Felipe González dijo que seguirá igual, hablando cuando lo considere. Siempre le ha gustado que se le escuche y, ahora que no es obligatorio hacerlo, se le ha vuelto una necesidad. Después del abrazo seguirá haciendo lo que menos gustaba a Sánchez y llevó a Adriana Lastra al reproche más infantil: «ahora nos toca a nosotros». Suyo es el columpio, aunque se columpien.

Como creo en las inoportunidades oportunas y en las impertinencias pertinentes, prefiero que Felipe González critique para poder criticarlo y para que los líderes dejen de confundir la lealtad, tan civil, con la obediencia, tan militar.

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