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Observatorio

2.328 reales de vellón

Es la cantidad que recibió Goya por el primer cuadro que le encargó el Banco de España. Corría el año 1783 y Goya solo había hecho otro retrato antes en su Aragón natal. Tenía 37 años y mucha ambición, pero poca fortuna y ningún reconocimiento. Hijo de un artesano dorador de pocos recursos, llevaba desde los 13 años queriendo ser pintor. A los 17 intentó recibir una beca de la Academia de Bellas Artes de San Fernando para estudiar en Roma, pero no lo consiguió. Volvió a intentarlo con 19, fracasando de nuevo. No recibió ni un solo voto. Pero para la formación de un artista era imprescindible viajar a Italia y, ayudando en el taller de su padre en Zaragoza, logró ahorrar y marcharse. Tenía 22 años, sobrevivir en Italia sin beca y sin ayuda era harto complicado y se presentó al concurso de la Academia de Parma con un cuadro que hoy está de actualidad, pues lo ha adquirido el Museo del Prado. Era el Aníbal vencedor. No ganó, obtuvo una mención de honor. Algo es algo. Con esas credenciales volvió a Zaragoza dos años después. Los canónigos del Pilar querían pintar una bóveda y admitían candidatos. El joven Goya se postuló a buen precio y fue contratado. Tenía 25 años y pudo casarse al año siguiente.

Se mantenía con encargos similares, pintura religiosa, decoración de capillas, pero no le bastaba. Su objetivo era hacer una pintura más importante, pintura política, pintura de corte, y eso solo se podía alcanzar en Madrid. En 1775 se trasladó. Su primer trabajo en la capital fue modesto: pintaba cartones en la Fábrica de Tapices de Santa Bárbara. Poco a poco los tapices basados en sus dibujos colgaron en paredes palaciegas. Eran distintos de lo habitual, más frescos, originales. Los reyes quisieron conocerle. Ya estaba un pasito más cerca de hacer la pintura que le interesaba, pero tras cinco años la Fábrica lo despidió. Vuelta a decorar iglesias, mientras en lo personal su mujer Josefa y él perdían un hijo tras otro.

Cuando en 1783 el Banco de San Carlos (actual Banco de España), recién fundado, decidió que un pintor sin fama retratara a sus directivos, Goya estaba en una situación todo menos boyante. Esos retratos supusieron un salvavidas para ganarse la vida y darse a conocer. A partir de ahí, las cosas cambiaron a mejor. Desde hace unos días podemos verlos en la nueva galería que el Banco ha abierto al público en su sede de Madrid. La evolución desde el primer retrato al último, cuatro años después, es asombrosa.

Recorría las salas y pensaba en lo fácil que es olvidar que los artistas no nacen, se hacen. Goya no fue siempre Goya. Su despegar fue difícil y desesperantemente lento. Esos principios a trompicones y esas cuestas empinadas son habituales en las carreras creativas. Mantenerse es el éxito mayor, no los premios ni la fama. Si una institución ilustrada no hubiera apostado por un artista desconocido de casi 40 años, muy probablemente Goya no sería Goya. La creatividad necesita ideas y técnica, pero también impulso y sostenimiento.

Mientras proseguía con mi paseo, la ministra Montero entregaba los Presupuestos Generales en el Congreso. Qué alegría fue saber que suponen la inversión más importante en Cultura de toda la democracia. Bien pueden convertir a Miquel Iceta en un ministro tan influyente para el arte como lo fue Floridablanca para Goya. No obstante, la mecánica pública que sostiene e impulsa la cultura (en nuestro país como en el resto de Europa) necesita dinero, pero también personas. Ahí es donde nuestra maquinaria se atasca. Los recortes y directrices de Cristóbal Montoro impusieron enormes restricciones para la contratación y eliminaron cientos de puestos. Eso ha dejado en el chasis a muchos organismos del Estado, en particular a Cultura, un ministerio que, como con el PP no tenía ministro, nadie protegía. Iceta recibe por tanto un presupuesto suficiente, pero le faltarán manos para poder ejecutarlo a menos que su compañera Montero, que además de Hacienda es responsable de Función Pública, sea comprensiva también en este ámbito. Como en cualquier negocio, desde el pequeño colmado a la más sofisticada fábrica, si la tienda se amplía hará falta más personal y más cualificado para atenderla: recursos económicos y humanos.

Si queremos más Goyas, habrá que mejorar las plantillas de gestión cultural para invertir pronto y bien.

Los y las Goyas actuales no pueden quedarse por el camino cuando, por una vez, existen los mimbres para ayudarles a brillar.

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