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Punto de vista

Tirarse de cabeza

Soy una de esas señoras que se mete en la piscina bajando por la escalera peldaño a peldaño. La más digna opción, quizá, pero también la peor porque una comprueba desde la punta del pie lo fría que está el agua y a sabiendas, sigue. Mar adentro. En cambio, los que se tiran de cabeza no experimentan tal sufrimiento. Zas. La misma estrategia de arrancarse una tirita: todo el cuerpo en remojo. Los miro con mi misma compostura pero sé que la envidia me delata. Quiero ser como ellos. No de mayor, qué va, que lo quiero desde siempre. Pero no, no sé tirarme de cabeza. Esta humillación es aún peor cuando me saben de Ibiza; la tierra donde todos crecimos hippies, discotequeros y, sobre todo, renacuajos. Basta de mentiras: nada de lo anterior es cierto. Y mi verdad es que yo llegué tarde a casi todo, pero especialmente al agua. Sospecho que mis padres no sabían nadar. La verdad, no lo sé, pero me baso en que apenas una vez mi madre nos llevó a la playa y a mi padre no lo recuerdo ni remotamente caminando por alguna acera que bordeara la costa. Así que viviendo a un paso del mar, aprendí —por llamarlo de algún modo— a nadar con once años, cuando uno de aquellos tíos que de tanto en tanto se apiadaban de nosotros, vino a buscarnos y fuimos —once en un seiscientos—, mezclados con los hijos propios a la playa. En un momento dado nos llevó a todos a unas rocas y como hacen los patos en televisión, fui viendo cómo saltaban uno detrás del otro, hasta que llegó mi turno y le expliqué muy razonablemente que yo no iba a tirarme porque no sabía nad… y no pude acabar el verbo porque el salvaje de mi tío me agarró y me lanzó al agua. Mientras pataleaba por mantenerme a flote, me gritaba: “¿Ves? Sí que sabes”. Y como no morí dio por acabado el curso. Entre nosotros, aquello no era nadar, pero la técnica me valió durante años. No fue hasta mi segundo embarazo que, aprovechando el tiempo libre y el progreso, me apunté a unas clases de natación para embarazadas, que era lo mismo que otro documental de televisión, pero en vez de patos, ahora con focas. Aquellas jornadas de descanso del bombo y la maldita gravedad dieron para aprender mariposa, braza, crol y espalda. Todo, excepto tirarme de cabeza. Y yo miraba con envidia al resto de nadadores no gestantes. Qué arrojo. Qué elegancia. Qué gracilidad en el salto. Y hasta, espiando, memoricé la suficiente teoría para poder llevarla a la práctica algún día: los pies juntos bien al borde, rodillas ligeramente flexionadas, brazos arqueados sobre la cabeza, una mano tras la otra y así, ir inclinando el torso en dirección al agua hasta rematar con un brinco. Pura poesía. Pero no, qué va. Mis pies cobardes no se levantan del suelo y la cosa siempre acaba en planchazo.

Con los años y la misma paciencia con la que he enseñado a montar en bicicleta a alguna amiga, por ejemplo —no imaginan lo que es ver a una mujer hecha y derecha correr empujando a otra por un parque—, por supuesto que hemos pasado tardes enteras de piscina. Es más, tal es mi dominio de la teoría que he enseñado a otros a tirarse. Pero en casa de herrero, pata de palo, me quedo petrificada en aquella postura tan indigna y solo cuando con mayor indignidad me empujan con un único dedo… es cuando caigo. ¡Pero yo no quiero caer, que lo que quiero es tirarme! En mi cabeza todo es siempre más bucólico, más olímpico.

La de jornadas de ocio masoquista que esta terca torpeza mía ha regalado a turistas que llegaban tarde al turno de cena en el buffet libre todo incluido porque preferían quedarse mirando, sin empatía alguna, mis planchazos tras planchazos. La barriga en carne viva y yo venga, una vez más, que aún no ha llegado el del cloro. Que será que soy de naturaleza zopenca pero positiva, pero yo veo siempre la piscina medio llena, que es lo mismo que decir que casi, ya casi lo tengo.

Aquel bebé mío continuó natación ininterrumpidamente después de haberlo alumbrado. Como buen hijo de ibicenca, este sí salió renacuajo. Aprendió a nadar antes que a caminar, hasta tal punto que teníamos que estar muy atentos porque en cuanto veía agua en el horizonte se ponía a gatear marcha atrás y se tiraba. Así que lo fácil sería culpar a mis padres de secano por todas mis carencias, pero nadie pudo darte lo que no tenía. Incluso podría responsabilizar a mi tío el salvaje por lanzarme de cualquier modo —estilo que he perpetuado— y no rematar la faena. Por no decirme: “Sobrina mía, ahora que has sobrevivido, vamos a salvarte de hacer el ridículo toda tu vida” y no abandonarme ahí, en el agua, pero a mi suerte. He nadado mares oscuros y siniestros; he ido en góndola, lanchas y los más fabulosos veleros, pero cuando no miran… bajo por la escalerilla. Más que por temor al bochorno es que me da pena vaciar el océano.

Pero mujer, ¿ya estás otra vez? Cada año lo mismo… En cuanto llega el folleto de la piscina municipal, la cabeza —incapaz de preceder en el agua al cuerpo— va y se te llena de recuerdos…

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