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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Lucas López

Reflexión

Lucas López

Tristes volcanes

Salimos de la misa de doce en Las Nieves. Mientras charlamos en la preciosa plaza del Santuario, un amigo me comenta la tristeza que le puede con todo lo que vivimos en la Isla. Apenas un día antes, desayunando con una familia querida, mis palabras también mostraban ese fondo que me rumia por dentro. Ana, la mamá, me dice: “sería preocupante que no tuvieras ese sentimiento”. Ahora, en el Santuario, mientras suena de fondo el rugir de la erupción, soy yo el que trata de alentar a quien se siente superado. Me habla de su casa destruida, de la planta que daba trabajo a una veintena de personas. Al poco, tomamos el coche hacia casa. Mi padre, tantas veces ausente por su situación neuronal, me dice: “Estoy preocupado por el volcán”, le doy un beso mientras vamos hacia la mesa para almorzar la tortilla de papas con cebolla que hoy preparamos. Tiembla la tierra. Luego, en el visualizador del Instituto Geográfico Nacional, lo identifico: fue a las 14:05, con epicentro en Fuencaliente, con una magnitud de 4.0. Suficiente para sentir su sacudida, su ruido. No sé si mi padre lo sintió.

En “La sociedad del cansancio” (2010) el filósofo Byung Chul Han mira nuestra cultura del rendimiento, la de las clases medias occidentales, para describir un modo de vida centrado en la autoexigencia de hacer, de hacer siempre y de tener éxito en nuestro hacer. Escrito al final de la primera década del siglo XXI, en plena crisis financiera, el autor entiende que, desaparecidas las enfermedades víricas que en otro tiempo amenazaron nuestro mundo, la epidemia de nuestra era es la autoexigencia del hacer siempre en positivo. A su juicio, nuestra enfermedad consiste en que no nos permitimos la negatividad, el fracaso o la tristeza, y, por eso, nos lanzamos a una hiperactividad que pretende cerrar todos los vacíos. El concepto de multitarea, que valoramos tanto en los ordenadores y también en los perfiles profesionales, es, desde esta perspectiva, el esfuerzo por encubrir lo negativo y lo doloroso que la vida tiene, que atraviesa necesariamente nuestra historia. Probablemente, la positividad sea muy útil para triunfar en el deporte y en otros aspectos de nuestra existencia, pero oculta una dimensión que también nos humaniza: la tristeza.

En 2010, no tenía en perspectiva el filósofo germano - coreano la pandemia de la Covid 19 ni, como pasa ahora en La Palma, una erupción volcánica que cada día nos deja su ración de destrucción mientras se acumula el cansancio tanto en las víctimas como en los diferentes equipos que trabajan por nuestra seguridad. En la isla, la tristeza toca los corazones en la rutina de ruidos, lavas, temblores y destrucción que se genera en torno a la erupción. Las noticias, con un género parecido al “minuto y resultado” de los programas deportivos de los fines de semana, añade un matiz de desasosiego que noto en los mayores a los que acompaño y en mi propia alma.

Ciertamente, nos debemos permitir la tristeza. En esta nota, como en la vida, no identificamos tristeza con depresión como tampoco hacemos equivaler la alegría con la alucinación, aunque, siendo francos, muchas alegrías provienen de una mirada ilusa. No debemos tratar la tristeza que estas jornadas vivimos en torno al drama del volcán como si se tratara de una depresión psicopatológica. Viktor Frankl, tras la Segunda Guerra Mundial, identificó en nuestras sociedades desarrolladas lo que denominó “neurosis noógena”: una especie de malestar de fondo vinculado a la ausencia de sentido en un vivir atosigado de cosas que hacer, programas que cumplir y agendas donde el ocio es una tarea más en la que triunfar. Pero aquí y ahora, nos referimos a la tristeza y el cansancio que reflejan tantos rostros que responden a la realidad y nos hablan de la realidad.

Zygmunt Bauman escribió un ensayo al que puso por título una pregunta: “¿Qué hay de malo en la felicidad?”. Casi desde el comienzo hace una constatación: “Sociedades como la nuestra, movidas por millones de hombres y mujeres que buscan la felicidad, se vuelven más prósperas, pero no está nada claro que se vuelvan más felices”. Apunta Bauman a una de las características centrales de nuestra cultura, la necesidad de seguridad, como raíz del problema: pretendemos algo que la vida no da y apostamos nuestra felicidad a ello. El volcán, con su imprevisible actuación y su manto de lava, nos pone ante ello: vivimos en la incertidumbre y los sentimientos, la alegría y la tristeza entre ellos, son componentes necesarios de una vida que es así. Por eso, en palabras de Bauman, la felicidad completa es “como un horizonte que sabemos que se aleja cada vez que intentamos acercarnos a él”.

En el siglo XVI, Ignacio de Loyola escribió unas “reglas de discernimiento” (sugerencias para no autoengañarnos en la toma de decisiones) que se construyen desde la realidad de los movimientos interiores de consolación (alegría) y desolación (tristeza). Por entonces, no existía este imperativo de felicidad tan individualista y pragmática que hoy se difunde en nuestra sociedad del éxito. Por eso, el fundador de los jesuitas nos muestra que tanto la alegría como la tristeza pueden denunciar una mentira, pero también encubrirla. La imperiosa necesidad de ser felices provoca una respuesta desastrosa ante la realidad: si nos descuidamos, viviremos permanentemente anestesiados para evitar cualquier sufrimiento o en una continua sobreactuación que nos hace creer que algo de provecho estamos haciendo. Sin embargo, la tristeza nos habla de la realidad y nos ayuda a afrontar lo que sucede incluso cuando el éxito (medido en los términos de este mundo) no es posible.

Me sumo a todas las personas que sienten tristeza estos días que nos tocan vivir en la Isla. Es una tristeza apropiada, pertinente, ante los tristes volcanes que nos alejan de la alucinación de la omnipotencia que, en ocasiones, tergiversa nuestra capacidad de conocer y nuestro modo de tratar a las demás personas y al mundo, nuestro hogar común. Agradezcamos a quienes, con esa tristeza a cuestas, se ponen en pie y mantienen la esperanza con una actuación oportuna, generosa, inteligente, que no solo es activa sino también, a la vez, contemplativa. Gracias.

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