Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Antonio Perdomo Betancor

Objetos mentales

Antonio Perdomo Betancor

Inhabilitación

Una sentencia firme del Tribunal Supremo le ha supuesto al diputado señor Alberto Rodríguez perder la condición de parlamentario en la sede de la Carrera de San Jerónimo. Una vez ejecutada su expulsión, no imagino que la pérdida de su escaño le suponga un problema personal, lo que, a mi juicio, le preocupa es el abandono de su eclessia. Es decir, de su gente. Lo han dejado a la intemperie, porque, desde la perspectiva de un joven activista contra la injusticia, que se desvive por los derechos de los trabajadores, ha perdido el carisma del que fue investido. Sus compañeros le han dejado de lado, por más que los juegos de artificios indiquen que siguen en el «sostenella y no enmendalla». Lo han apartado, sobre todo, porque la convalidación de la sentencia en firme del Tribunal Supremo pinta mal jurídica y estéticamente. Y sin estética no hay ética.

El juego político de la democracia sería más sencillo y provechoso para los ciudadanos si la nueva hornada de políticos cumpliese, con prontitud, las sentencias de los jueces. Pero no sólo procrastinan aquéllas, sino que incluso abiertamente proclaman que no las cumplirán. A pesar de ello se dicen demócratas cuando que la democracia es el gobierno de las leyes que democráticamente nos hemos dado. Con su actitud, en realidad olvidan y desprecian el valor de la democracia que tantos esfuerzos costó alcanzar, deshonran a aquellas personas que lucharon y se sacrificaron en los negros años de dictadura. En un sentido más prosaico, supongo que una democracia como la española, con un olfato tan fino distingue una patada vulgar de otra patada cargada de ideología. Aun así, aunque una minoritaria troupe de seguidores la implementen, el instinto de la ecclesia intuye que es indefendible. Aparte que, por principio, resulta elemental considerar que propinar una patada, indistintamente la dé quien la dé, resulta una horterada, de esas cosas que estéticamente no tiene un pase. Y el dilema desde la perspectiva de la izquierda radical reside en atacar a los tribunales y a los jueces, que, como se sabe, conduce a una marginalidad de la que con grandes dosis de travestismo ha logrado penosamente despegarse, o cavar la trinchera.

Como una institución eclesiológica, la izquierda también cuenta con sus dogmas y herejías. Desde la parte doctrinal resulta meridiano que una patada de izquierda como la que propinó el señor Alberto Rodríguez a un agente del orden excita la sensibilidad de su ala radical en pro de la justicia, porque una democracia burguesa es el espíritu de la opresión y de la desigualdad, según su dogma. Esa doctrina de trinchera vale bien para tiempos de trinchera. Pero ante un escenario electoral como el que más pronto que tarde llegará, requiere un grado de recepción por parte de la sociedad española en la que la flexibilidad para los disturbios que se aproximan parece agotada. Los altercados, la violencia en las gasolineras y en los estantes de los supermercados en el Reino Unido son un preludio. En ese escenario, una estrategia de defensa radical de Alberto Rodríguez resulta insostenible.

Los gobiernos de varios países europeos ya han anunciado la cercanía de un gran apagón y las consecuencias de un posible desabastecimiento. Ante ese panorama, los suyos han apostado por la sonrisa de la señora Yolanda Díaz, más cautivadora por supuesto. Porque defender con uñas y dientes, dogmáticamente, como un solo hombre y una sola mujer, y confirmar que la patada del señor exdiputado es ontológicamente una patada liberadora en pro de los oprimidos del mundo, no parece factible. Imagino que el cuerpo electoral de una democracia parlamentaria desarrollada como la española es refractario a ese concepto.

Un Estado desde la perspectiva constructivista de la izquierda radical consiste en un constructo opresivo al que hay que derrotar o asaltar, como quiera que se llame apoderarse del poder, para instalar, y esta vez sí, un Estado opresor, sin complejos, de esos Estados opresores que duran un siglo o quién sabe. Probablemente con la excusa de la libertad y la igualdad. Como digo, pues, a la sociedad española incluso proclive a un pacifismo adocenado, diletante, dudo que le seduzca la aurática semblanza de esa tosquedad bananera. Por esas razones y porque ha sido herido en su vanidad de activista, el exdiputado deja la revolución pendiente en pos de su currelo, en Tenerife. Suerte.

Compartir el artículo

stats