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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Manuel Wood Wood

Reflexión

Manuel Wood Wood

Se agota el tiempo

Me pregunto si aún es posible salvar esta, cada vez más agónica, democracia de la que aún podemos presumir. En la actualidad somos testigos de cómo otros estados han ido perdiendo su oportunidad progresivamente: el populismo o el nacionalismo han envenenado el aire democrático hasta la asfixia. Todos ellos atravesaron similares caminos a estos por los que ahora transita nuestro país. Los diferentes partidos, muchos de ellos marginales al principio, nunca trabajaban con la idea de sacar adelante al país, no defendían la democracia por mucho que lo proclamaran. Todos los discursos, los debates, los enfrentamientos, etc. estaban destinados a obtener una rentabilidad política para sus propios intereses.

Efectivamente, se ha sustituido la política por sesiones de teatro, puestas en escena, fingimientos, insultos programados. Los que llamamos políticos se ponen en manos de empresas de marketing, de asesores de imagen, de estrategas, politólogos y publicistas a sueldo cuyo interés no está en la mejora de las condiciones de los ciudadanos sino en la recepción de un buen sueldo y de grandes incentivos según sea el impacto publicitario, el número de «me gusta» o, en definitiva, la cantidad de votos.

Cualquier pequeña excusa o acontecimiento era válida para socavar al gobierno o a los partidos circundantes. Los mensajes populistas, xenófobos y todos aquellos que intentaban minar la legitimidad de las instituciones democráticas fueron calando en una sociedad cada vez mas crispada, mas receptiva y manipulada por medios de comunicación afines a los populismos. Los intereses ciudadanos no fueron jamás el objetivo de esa política mezquina y cuando les llegó su oportunidad y obtuvieron el poder manipularon y cambiaron las leyes o constituciones a su antojo.

Hungría, Polonia, Rumanía pueden citarse como ejemplos de populismos mas asentados, entre otras cosas, por su cuestionamiento de las instituciones creadas en la posguerra y su repliegue hacia una economía interior y una negativa hacia la internacionalización. Tampoco debemos olvidar que en Francia o Estados Unidos los nacionalismos gozan de una oportunidad realista de alcanzar el poder o que el brexit, propiciado por el nacionalismo, ha entrado de lleno en la agenda política. En definitiva, al igual que ocurrió en la Alemania de los años treinta, el populismo o el nacionalismo pasan de ser una posibilidad más o menos lejana a convertirse en una alternativa de poder.

Los que tuvimos la suerte de vivir la Transición a la democracia no podemos por menos que añorar la concordia, la buena voluntad y el entendimiento de los partidos existentes y de sus líderes realmente políticos, con pensamiento y decisión propios sin que Facebook, Instagram o cualquier otra red social tuviera que emplearse para engañar, manipular o espolear a los votantes. Bastaban sus discursos y exposiciones, sus ideas y palabras; hoy ya son imágenes, soflamas y enfrentamientos.

La ilusión de construir un país democrático unió a los españoles de cualquier signo e ideología y por ello, hoy mas que nunca, deberíamos seguir apostando por políticas de consenso, políticas comunes y de país.

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