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José Luis Villacañas

Observatorio

José Luis Villacañas

El Gobierno ante el cambio de ciclo

El Gobierno ante el cambio de ciclo La Provincia

Asumamos que la crisis interna en el Gobierno por la reforma laboral ha quedado atrás. La pregunta ahora es: ¿alguien recuerda que el momento más tirante entre PSOE y Podemos siguió a una presión general para que la izquierda de Pedro Sánchez se unificara bajo el liderazgo de Yolanda Díaz? ¿Qué significa esa secuencia? De la misma manera, el Govern del Botànic llegaba a un acuerdo sobre el presupuesto valenciano en el tiempo de descuento, lo que siguió a que Mónica Oltra se mostrara favorable al encuentro con Díaz y Ada Colau para escenificar la unidad de la izquierda no socialista. ¿No implica esa voluntad de unidad una mejora en la acción de Gobierno? ¿Cómo es que ha sido justo a la inversa?

¿Qué idea se lanza a la opinión pública con estas señales? ¿Y qué mensaje compra el público? Se podría decir que, al hacer compatible voluntad de unidad y tensión interna, se quiere demostrar que se sabe naturalizar el conflicto. Pero también que se quiere ocultar la falta de espíritu de acuerdo en el día a día con la profesión de fe en un acuerdo a largo plazo. En este caso, cabe preguntarse qué gana la ciudadanía con una unidad que vive en el conflicto. Lo que en este caso compraría el público es que se manifiesta voluntad de unidad como forma de elevar la competencia interna. Eso es algo diferente de la voluntad de asegurar al electorado que se hará todo lo posible para asegurar un gobierno no reaccionario para España.

A la luz de lo visto, el público no tiene claro cuál es el sentimiento dominante en esa propuesta. Esa es la mejor señal de que está atento a una oferta tan necesaria como prematura. Necesaria lo es y lo será, pero si quiere abrirse camino con fuerza, antes tendrán que ponerse encima de la mesa determinadas condiciones. Mientras no se realicen, el movimiento seguirá siendo prematuro. Y la primera condición es que el propio Gobierno de coalición funcione en el día a día. Como gobierno. No como un ministerio aislado. En este sentido, sean cuales sean los éxitos de Díaz y pase lo que pase con la reforma laboral, sus éxitos no serán rentables si no cristaliza la idea de que es el Gobierno entero el que avanza en todos los frentes. Esa es la primera condición.

El hecho de que todas las miradas se centren en Díaz, es un movimiento que da por amortizadas a Ione Belarra, Irene Montero y Alberto Garzón. Pero eso es ocultar la realidad. Son ellos los que gobiernan las organizaciones respectivas y no hay noticia de que en sus tradiciones alguien haya entregado el manejo del partido sin necesidad. Por tanto, cualquier promoción de Díaz debe despejar todavía la incógnita de qué harán IU y Podemos al respecto. Pensar que el electorado no tendrá una idea de conjunto respecto de los socios de coalición, o que se olvidará de ellos extasiado en el liderazgo de Díaz, es arriesgado. Por supuesto, en cualquier situación de crisis Díaz saldrá mejor parada que Belarra o que Garzón, y podemos suponer que el conflicto de la reforma laboral ha contribuido a definir el liderazgo de Díaz más que cualquier otro éxito hasta ahora, mientras Belarra incendiaba las redes con acusaciones al juez del Supremo Manuel Marchena. La conclusión que extraigo es que ese pacto a la izquierda del PSOE ha de tener un aspecto de balance de legislatura. Intentar forzarlo a la mitad, sin una cuenta de resultados, es prematuro.

Pero hay otro aspecto que quizá exija una mayor reflexión. Se trata de evitar la mímesis de un esquema que funcionó en un momento del ciclo político español que ya se hunde en el pasado. Determinado ese ciclo por la existencia de un líder fuerte y capaz de arrastrar cinco millones de votos, no podemos operar como si eso estuviera en pie o pudiera regresar. Estuvo, y ha dejado de estarlo justo porque no se supo o no se pudo disponer de otro tipo de liderazgos. Imitar aquel ciclo no es solo copiar el pasado, sino imitar lo que determinó su desgaste acelerado. Pensar en alguien que pueda sustituir a Pablo Iglesias hoy, es la mejor manera de buscar un segundo ejemplo de fracaso.

Pero hay más. Nadie ha escuchado la idea política de Díaz. Nadie sabe de sus principios políticos fundamentales. Por supuesto, es una buena ministra de Trabajo y los sindicatos trabajan bien con ella. La patronal ya ha llamado la atención acerca de que el mundo del trabajo hoy es mucho más complejo que aquel en el que los grandes sindicatos decidían. Estar bien vista por el mundo laboral representado por los sindicatos no es lo mismo que ser una líder social general, capaz de ofrecer una idea política y de producir energía política en el presente. No olvidemos que hay muchos sectores sociales con demandas particulares de muy diversa índole que quieren escuchar alguna voz que las pueda atender con una idea política vertebradora. Y eso es algo más que ofrecer competencia sectorial. Esa fue justo la receta que llevó a Izquierda Unida, desde Gerardo Iglesias a Yago Lara, a poner al frente de la formación a líderes sindicales de probada honradez y honestidad, pero que cada vez más representaban solo a un sector minoritario del país.

Parece que esa receta no es la que requiere España en un momento de ofensiva político-cultural de la reacción, que ha concertado sus premisas fundamentales alrededor de la foto de Colón. Cuando en pleno rearme ideológico de la derecha, que no debemos engañarnos acerca de lo que significa como regresión política más allá del espíritu de la Constitución de 1978, se responde con un desnudo sindicalismo, se está llevando un combate desigual en el que se tiene todas las de perder. Sobre todo, cuando sabemos, además, que los señuelos de soberanía, grandeza, antieuropeísmo y unidad nacional, pueden atraer a muchos trabajadores nostálgicos de la edad de oro del sindicalismo español que, no hay que olvidarlo, tuvo lugar cuando el capitalismo de Estado no se había desmontado bajo las políticas neoliberales del ministro socialista Carlos Solchaga y del PP. Hoy, la defensa del mundo del trabajo requiere algo más que dar prioridad a los convenios de sector sobre los de empresa. Sabemos que requiere ante todo una idea de la totalidad social y de la oferta de un nuevo principio civilizatorio que unifique cultura, sociedad, ecología, producción y nuevas formas de consumo. Y eso sólo puede ser atendido por un Gobierno a pleno rendimiento. Sánchez debería saber que el más sólido fundamento para repetir este Gobierno de coalición no es fabricar un líder a su izquierda dispuesto a pactar, sino liderar un Gobierno dispuesto a gobernar.

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