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La Provincia - Diario de Las Palmas

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José María de Loma

El palique

José María de Loma

Periodista

Perder un tren

Ayer perdí un tren. Pero sin dramas. Sin agobios. Con elegancia. Llegó su hora, yo no estaba y se fue. Es lo que tienen los trenes. No esperan a nadie. Salvo que seas el maquinista. El desarrollo, el nivel, y hasta la ética de un país se mide en el cumplimiento del horario de trenes. Bueno, y en el estado de los váteres de sus gasolineras. Debe ser que vivo en un gran país. El tren se fue sin aspavientos. Con viajeros en su vientre. No un vientre a reventar pero sí casi pleno. Operarios y curiosos lo vieron irse.

Mi tren, más que a un destino habría de llevarme a un estado: el de la tranquilidad, el sosiego y el atardecer amigo. Pero no. Ahí estaba yo; en una extraña anochecida nueva para mis ojos. No hice nada para perder el tren. Seguí los impulsos vitales, los semáforos, la indicación del GPS y los consejos de mi mujer. Pero no bastó. Era un ligero equipaje pero el reloj consideró que debía correr y no darme tregua. Podría describir la cara que se me quedó al perder el tren pero sería un innecesario ejercicio de impiedad cuando no de masoquismo. Y bastante daño me ha hecho ya perder el tren como para zaherirme gratuitamente. Es una sensación nueva perder un tren. He perdido los papeles, un avión, algún amor, las llaves varias veces y muchos partidos de fútbol. Pero nunca un tren. Todo lo que hiciera en las próximas dos horas, en las que iría montado en el tren, sería tiempo regalado, un agujero espacial, algo imprevisto. Podría matar, tengo coartada, estaba en el tren. Podría no perder el tiempo y alquilar un coche. Podría utilizar la experiencia para escribir un artículo y podría incluso poner una reclamación que, aunque destinada a perder, mareara un rato a alguien. ¿Habrá alguien en mi asiento?, ¿estará sentada a mi no lado una misteriosa mujer con la que podría haber conversado?, ¿me estoy librando de un pelma que detrás de mi me estaría dando cogotazos? Perder un tren. No sé por qué cuando se coge a tiempo no se dice ganar un tren. Qué disgusto. Y eso que casi nunca sé dónde voy. Aunque sí dónde me quedo.

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