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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Antonio Perdomo Betancor

Objetos mentales

Antonio Perdomo Betancor

La falacia de Glasgow

La desesperada cumbre del clima celebrada en Glasgow muestra la doble faz del progreso, aunque a lo que parece puede que el progreso sea algo distinto de lo que se espera. Cada generación sin dudarlo persigue el progreso, abrumada por el espejismo de esa arcadia de felicidad que promete, pero que se aleja a la misma velocidad con la que se la persigue. A muy pocos se les ocurre pensar que el progreso no es una nave que lleva a la humanidad a una nueva tierra de promesas ineludiblemente mejor que la que deja a sus espaldas. Lo que sí sabemos es que no existen evidencias de que el progreso sea exactamente bueno, ni mucho menos se fundamenta en verdades que justifique esas grandes esperanzas. Al menos no tan rotundamente como sus adalides alegremente pretenden. Algo falla, de lo contrario no estaríamos ante la cumbre climática de Glasgow como si fuera la última bala de la humanidad para salir del atolladero.

Porque entonces habrá que preguntarse por qué nada de lo que el progreso tan brillantemente ha logrado resulta capaz de sacarla de ese estado límite en el que se encuentra o dice encontrarse. Lo que se puede afirmar es que, si tan desesperado es el estado del planeta, tal circunstancia nos hace pensar que el progreso ha sido una falacia, y cuanto más desesperadamente lo nieguen con mayor fuerza reducen la magnificencia y bondad del mismo. ¿Cómo es posible que el progreso, tan encomiado generación tras generación, nos ha conducido al mismísimo borde del abismo? Porque parece que estamos a un segundo del apocalipsis climático. No lo digo yo, sino las conjeturas de los paneles de las que hacen uso los científicos. Las dos cosas naturalmente no pueden ser ciertas. No las dos al mismo tiempo.

De hecho, progreso significa marchar hacia adelante. Pero en esa marcha hacia adelante, al menos una mayoría, dábamos por sentado de que ese marchar hacia adelante era un espacio, un estado previamente visionado, pero no con esas ensoñaciones sin fundamento que se han tristemente hecho históricas por sus espectaculares fracasos. Al filo de la Alta Edad Media, hubo una cruzada que fue llamada La Cruzada de los Niños, iban hipnotizados, presos de las visiones simultáneas de dos niños centroeuropeos tuvieron, y que originó que de cada rincón de Europa llegaran niños, como los afluentes de un río poderoso, a engrosar las filas de aquellos que marchaban en pos de la liberación los Santos Lugares. Sobra decir que muchos murieron de hambre, otros fueron vendidos como esclavos, y muy pocos regresaron a sus casas. Lo extraño de este tiempo es que ocurre cuando la I.A parece la solución a todo, cuando la computación cuántica soluciona millones de operaciones por segundos o milisegundos, cuando supuestamente todo parece a su favor. Sin embargo, misteriosa y simbólicamente, la cuestión climática está liderada por las visiones de dos niñas, Greta Thunberg, de nacionalidad sueca y Howey Ou, de nacionalidad China, que profetizan el apocalipsis medioambiental.

De la cumbre de Glasgow, casi nada se concretó, excepto que había que hacer algo. Hacer algo más por el planeta, dijeron. Otras veces también dijeron que había que hacer algo, muchas otras veces dijeron además que había que actuar, muy seriamente lo dijeron, tanto que lo volvieron a repetir: he perdido la cuenta de las veces que lo dijeron. Lo manifestaron porque la naturaleza, dijeron, no soportaría tanta presión sobre unos recursos limitados. Muchas veces más lo proclamaron ante el intolerable, constante y creciente deterioro ambiental. Tantas veces lo han dicho que he perdido la cuenta. Finalmente, los líderes mundiales se marcharon tan rápidamente como llegaron. Embarcaron en un enjambre de jets privados y se diseminaron en limusinas de alta cilindrada por las extensas regiones del mundo. Al decir de ellos mismos, dejan al planeta a un minuto del apocalipsis climático.

Comoquiera que sea el latir de una generación, las personas que componen cada generación, cuando llega el momento, irremisiblemente se preguntan a tenor del desarrollo de sus propias vidas, si ese progreso que la sociedad había anunciado y que atraviesa a esas mismas personas como partícipes de la misma sociedad, justifica el prestigio indisimulado que le conceden a esa palabra. El progreso es como un espejismo del que cada generación se despierta con una mala resaca. Y quizá sea porque son ideas de las que es improbable sustraerse. Uno puede preguntarse si no será debido a que estas ideas permean la sociedad más allá de la propia voluntad. Y que las acepta porque cada generación está sumergida en esa niebla que se extiende por completo y no deja rendija ni lugar por donde no penetre.

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