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Guillermo García-Alcalde

Benjamin Gosvenor, joven pianista en la élite

Inteligente comienzo para un recital de virtuosismo extremo. Este joven pianista británico, que ya está en la cumbre, empezó con 11 años a ganar premios internacionales y no ha parado. Con los “ Intermezzi Op.117” de Brahms, tres momentos de música íntima, serena, impregnada de la melancolía de un creador nobilísimo (que empieza a decir adiós y olvida los artificios de la técnica trascendental inventada por Liszt) conocimos a un músico integral en el legato cantábile, la diversidad de las pulsaciones y su peso, la espiritualidad de una música nocturna que dialoga a la vez con lo que deja en el mundo y lo que espera encontrar más allá. Sucedió en el Teatro Pérez Galdós, marco idóneo de la Sociedad Filrmónica de Las Palmas.

El visado brahmsiano abrió de par en par el espacio apoteósico de la Sonata en si menor de Liszt, una de las piezas más difíciles del repertorio, pero también de las más originales por contener la técnica cíclica en un solo movimiento. Perfectamente articulada en la partitura, con ese dominio de la forma que parece huir de toda forma en una ideación fantástica, representó la decadencia del Romanticismo en una saturación que iría a más hasta que Schönberg inventó la dodecafonía.

Grosvenor estuvo grandioso en los desahogos fortísimo y poético en la intimidad de los periodos melódicos, comportándose como uno de esos pianistas que rompen los límites del virtuosismo y la expresión, aparentemente agotados por todas las dinastías del pianismo romántico.

Esa nueva marca co-creadora también se hizo evidente en la ¨Berceuse S174” del propio Liszt, en la que el canto melódico bien mecido alterna con las más brillantes ideas ensoñadoras y ornamentales. Agotadora digitación, pero perfecta.

Concluyó el programa con la “Tercera sonata en si menor” de Chopin (la misma tonalidad que la de Liszt, preferida de los autores románticos). Mundos próximos en la pasión y opuestos en la apariencia. Aunque no tanto. En el Chopin de Grosvenor brillan los temas con luz inconfundible y siguen brillando en los desarrollos. Sin limitarse a una dinámica más tenue, la sonoridad general es creativa, suenan las variantes ornamentales en toda su pureza y el pianista canta admirablemente, seguro de cada pulsación, gozando del sonido y de la seguridad manual con una alegría más que evidente, a despecho de las dificultades del programa.

Los bravos entusiastas se ganaron dos bises: sendas variaciondes de una tanda sobre la popular “Vidalita”. Auténticas joyas.

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