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Lucas López

Reflexión

Lucas López

Dejarse cargar por el volcán

Durante estos dos meses desde la erupción de Cumbre Vieja, ha habido que dejar sitio al volcán. Al menos con la actual capacidad técnica, un fenómeno natural de esa intensidad y violencia no permite oposición alguna. El volcán carga con lo que tiene delante y la única posibilidad que nos deja es quitarnos de en medio.

En entregas anteriores propusimos primero, la necesidad de hacer un acercamiento profundo a una realidad compleja (hacernos cargo); segundo, el esfuerzo por dotarnos de criterios éticos apropiados para comprender cuál puede ser nuestra actuación (cargar con); también propusimos, en tercer lugar, una serie de tensiones que se nos vienen planteando a la hora de encargarnos de la tarea que el volcán supone en nuestras vidas. Ahora queremos tematizar, de modo más narrativo, que el volcán nos carga, expresión usada por Jon Sobrino SJ, para señalar la dimensión de gratuidad que supone toda realidad humanizada. El volcán es el sujeto de estos tres acercamientos: el volcán construye nuestra casa, nos sitúa y nos convoca.

En primer lugar, el volcán construye nuestra casa. Mi familia vive junto a la Montaña de la Breña (565 m), un viejo cono volcánico completamente cubierto de laurisilva en su vertiente norte. Desde su cresta se divisa la fajana lávica sobre la que hoy se asienta el aeropuerto palmero, junto a la costa este de la isla. Todo nuestro paisaje es volcánico. Nuestra vida, nuestra memoria actual (quienes tienen más de 50 años han vivido tres erupciones en Canarias y una más quienes tienen más de 72 años), nuestra historia y la de quienes nos precedieron en la isla es posible gracias a las sucesivas erupciones que elevaron nuestras cumbres y permitieron que los alisios y la lluvia pusieran el suelo que hemos cultivado, en el que se construyeron nuestros pueblos y sobre el que se trazaron nuestras carreteras.

En segundo lugar, los volcanes nos sitúan. La nueva erupción de Cumbre Vieja nos sitúa, nos hace comprender lo pequeños que podemos resultar y cómo ante determinadas fuerzas de la naturaleza lo único que nos queda es quitarnos de en medio mientras tratamos de aprender lo máximo sobre la misma. La erupción denuncia la actitud engreída con la que, en ocasiones, tratamos nuestro entorno geográfico y nos invita a una humildad que a su vez alienta toda nuestra curiosidad y todo nuestro afán de conocimiento.

Finalmente, el volcán nos convoca. Con sus aciertos y desaciertos, estos dos meses han movilizado a personas e instituciones que han tratado de poner lo mejor de sí mismas. Efectivamente, el volcán nos moviliza y nos convoca. Ese es su don: personas de toda la isla y de otras islas, empresas y ong, ayuntamientos, cabildos, gobiernos, cuerpos de protección civil, policía, ejército, bomberos… Muchísimas personas a título personal, voluntariado, donantes.

El caso es que en Canarias vivimos sobre volcanes y algunos de ellos están activos aunque no estén permanentemente en erupción. No es el único caso en el mundo ni esta es la primera vez que constatamos la capacidad destructiva y creadora de los volcanes. Sabemos dónde vivimos y sabemos que vamos a la espalda del volcán, nos carga el volcán: nos da el suelo en el que vivimos, confronta nuestras alucinaciones de poderío y nos convoca como sociedad compleja para dar una respuesta apropiada. El volcán carga con nuestras vidas, ese es su don.

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