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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

No hay remedio

Nunca es triste la verdad, cantaba Serrat, lo que no tiene es remedio. Y la verdad, respecto al problema del tráfico que colapsa casi todos los días el norte de Tenerife de camino a Santa Cruz, y cada vez más intensamente el sur en ruta a Arona y su zona de influencia, es que simple y llanamente no tiene solución. Háganse las obras que se hagan.

Algunos se confunden con las cifras, porque en el problema de la movilidad no solo deben incluirse los automóviles particulares, sino los coches de alquiler, los camiones, los furgones y las motocicletas. Tenerife cuenta ahora con un parque de más de 850.000 vehículos (antes del confinamiento por el covid solo los coches de alquiler eran unos 35.000) y ya se imaginan que si todos se pusieran en marcha simultáneamente no se podría circular. Tenerife es una isla más bien pequeña, de apenas 2.000 kilómetros cuadrados, casi la mitad de los cuales son parque nacional y espacios y parajes protegidos, y los kilómetros de carretera apenas sobrepasan los 1.700. No se trata por tanto solo de la cantidad de cacharros con ruedas, sino de la densidad en las autovías. Podrían instrumentarse medidas y compromisos para cierta descongestión de las vías públicas, casi todos ellos diseñados y a veces ya en marcha –el tercer carril entre Guamasa y el aeropuerto, el soterramiento de la carretera de La Esperanza, la pasarela del Padre Anchieta– pero conviene olvidar el sueño de ponerse desde El Sauzal a Santa Cruz o viceversa en quince minutos, como ocurría hace veinticinco años.

Y no será así por la hegemonía indiscutible e indiscutida de la cultura del automóvil, que se resume en una convicción que no admite disputa: yo tengo mi coche y me desplazo cuando me da la gana. En cada unidad familiar tinerfeña, como media, se superan ligeramente los dos vehículos. Y sigue creciendo; más moderadamente en los últimos años, pero sin detenerse en ningún momento. El automóvil particular es reconocido como un derecho sacrosanto, como un símbolo de estatus –quien no dispone de un vehículo no es nadie– y como ritual de madurez: simplemente no hay nada que hacer. Los que actualmente pierden dos o tres horas en entrar a la capital tinerfeñas son víctimas de esa horrible paradoja que resumía Iván Ilich: «Las personas trabajan durante buena parte del día para pagar los desplazamientos necesarios para ir al trabajo». En términos sociales el automóvil es una estafa y una estupidez. Recuerdo lo que se reían algunos cuando André Gorz definía en los años setenta la propiedad del coche como «el triunfo absoluto de la ideología burguesa al nivel de la práctica cotidiana: funda y sustenta la creencia ilusoria de que cada individuo puede prevalecer y beneficiarse a expensas de todos los demás». Pero no estaba en absoluto equivocado. No es la insuficiencia de autopistas, túneles o rotondas lo que en Tenerife conspira contra la calidad de nuestra vida, sino el coche, un invento sucio, maloliente y sanguinario.

Nada de circular en días alternos, nada de extender el bus-vao, nada de prohibir el tránsito de vehículos pesados desde la tarde de los viernes hasta la mañana del lunes, nada de líneas de autobuses específicamente diseñadas para los estudiantes universitarios, que llegan a diario en cientos de coches a las diversas facultades y escuelas universitarias. Nada, en definitiva, que cuestione siquiera levemente la irrestricta libertad de circulación de los propietarios de coches, guaguas, furgonetas y camiones. Un político honesto con sus conciudadanos –hipótesis plenamente fantasiosa– les transmitiría la verdad y les propondría un plan dialogado y consensuado de restricciones. Eso sí: primero lo lapidarían y después jamás sería reelegido. Y los políticos no se suicidan. El ciudadano sí y ha decidido que su féretro sea su propio coche.

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