Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Juan Francisco Martín del Castillo

Los troglobios

Con la erupción del volcán de Cumbre Vieja en La Palma, hemos conocido la existencia de algunos seres extraños y que, precisamente por su rareza, sólo son visibles en las cavernas practicadas en las entrañas de la tierra. Por lo general, son ejemplares diminutos, muy sensibles al cambio del entorno y frágiles en este sentido. Estas especies cavernarias, al contrario que en los abismos oceánicos, son de tan escasas dimensiones que se hacen aliadas de lo pequeño para sobrevivir en unos espacios en los que la vida, si por algo brilla, es casi por su inexistencia.

Curiosamente, las características de estos especímenes están presentes en esos otros individuos que pululan por las catacumbas de la racionalidad. Tal es así que resulta imposible que estos ejemplares gocen del contacto con la luz de la realidad, de la que se alejan cuanto pueden. Remisos siquiera al roce de lo real, terminan por formar colonias en las que predomina la oscuridad de los intereses, la persecución de aquel que se oponga a los ideales que los aglutinan y la animadversión, cuando no el abierto odio, a los planteamientos compartidos por la mayoría. El habitar en este otro lado de la vida, justo el que la niega, deviene en constante entre los troglobios. Ya sea en la izquierda, donde es más que notorio su impacto, ya sea en la derecha ideológica extremista, la negación del otro, tan pronto como la supresión de la verdad objetiva, ha provocado el auge del sectarismo en la opinión pública como reflejo de esta época de acecho a las ideas.

Por otra parte, al igual que con las especies que residen en las profundidades, estos individuos son especialmente sensibles a cuanto contravenga su entorno feliz, empezando por lo que les da la vida, es decir, el sentirse únicos en su existencia. Así, convierten la rareza en condición de aceptación y supervivencia. En tal caso, el sentido común se halla sentenciado a muerte, no menos que el raciocinio. Es proverbial la extensión del sentimiento de ofensa entre los troglobios, que no parecen dispuestos a someterse a las reglas del debate razonado y razonable. O estás conmigo o estás contra mí, así de simple.

Todo esto, que ya va siendo mucho, tiene relación con la difusión de la reciente noticia de que la exconcejal del PSOE Aurelia Vera ha conocido que, en el proceso judicial en el que se encuentra incursa, se le pide pena de cárcel y diez años de inhabilitación para el ejercicio de la docencia, puesto que, cuando desempeñaba sus funciones de profesora de Lengua Castellana en el IES San Diego de Alcalá de la capital majorera, presuntamente propaló discursos plagados de odio hacia el varón, acreditándose que, en varios momentos de su intervención ante el alumnado de Cuarto de la ESO, llegó a afirmar repetidas veces que a los recién nacidos habría que «cortarles los huevos» con el fin de acabar con la masculinidad. Con independencia del veredicto del juicio, cabe concluir que, con todo merecimiento, esta mujer es un raro ejemplar de troglobia al descubierto. O quizás no, y aquí está la clave de bóveda del problema. En su defensa, tanto la protagonista como los que la rodean y aplauden, creen que son las víctimas de una causa general en contra de la ideología de género y hasta de la libertad de expresión. En ningún momento, que sería lo sanamente racional, se paran a pensar en que, si un profesor llevara a cabo semejante adoctrinamiento en el aula, pero, en vez de suprimir la hombría, abominara de la condición femenina, la situación judicial sería la misma. Qué pena de mundo.

Compartir el artículo

stats