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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Juan Francisco Martín del Castillo

La sopa de Platón

No sé ustedes, pero siempre me he preguntado por el sustento que mantenía con vida a los pobres esclavos de la cueva platónica del famoso Mito de la Caverna. Prácticamente todos, incluso los legos en el conocimiento filosófico, han disfrutado con las enseñanzas del genio ateniense, pero muy pocos han ido más allá de la tradición escolar. Preguntar por la comida de los esclavos, conforme a la referencia alegórica del griego, nos conduce hacia aquello que haría que la penitencia en las sombras fuera más llevadera, tanto que, en el trance de la deseable liberación de las cadenas opresoras, se renunciase al encuentro con la libertad. En fin, ese sustento o, como prefiero decir, la “sopa de Platón”, tendría que poseer una suerte de nutrientes que, curiosamente, son los mismos que se identifican en las distintas leyes educativas de los últimos años, si bien con notoria presencia en la Logse de Marchesi y Rubalcaba o en la de Isabel Celaá, ya conocida como Lomloe, pero también en los recientes decretos gubernamentales acerca de la evaluación del alumnado, en los que destacan, por encima de cualquier otro rasgo, la supresión de las pruebas de recuperación y la extensión de la promoción automática o la titulación directa con materias suspensas.

La libertad, como ya sentenciara Jean-Paul Sartre, es un desafío, una condena o un abismo que se cierne ante el individuo que, presa de sus miedos y recelos, persiste en el encadenamiento frente a la sola posibilidad de tomar las riendas sobre su propia vida. Esto es lo que ocurría en la cueva de Platón al convertirse la ignorancia en la protagonista única de las vivencias de los sometidos, aquellos que conscientemente renunciaban al valor de la libertad. La sopa platónica, vista así, es el sustento de los que desconocen la faz de la realidad, es decir, de los que hozan en su penuria intelectual hasta el extremo de odiar la verdad y el conocimiento. Por moderna que parece, incluso por entregada que se manifiesta hacia los recursos tecnológicos, nuestra época está volviendo al cubículo en el que malvivían los esclavos de la caverna. La virtualidad de las pantallas o, dicho de otro modo, la apuesta por una educación basada en lo fácil, en la negación del esfuerzo y en el expreso rechazo del talento deriva en un penoso retroceso de la civilización. Los nutrientes de las medidas orquestadas por las autoridades socialistas -por favor, que no se olvide jamás que el deterioro de la enseñanza en España tiene un responsable y es la izquierda de este país- sólo llevan a que las futuras generaciones de estudiantes tengan por destino la oscuridad de la ignorancia y el desprestigio de la libertad como fin supremo del hombre. Baste recordar que llegar al conocimiento de por sí cuesta y el propio Platón se expresa en esos términos, hablando de los “fulgores de luz” que herían la mirada de los esclavos hasta hacerles desear no salir nunca de su estado natural, aunque algunos, los señalados por la inteligencia, consiguieran conquistar la verdad de las cosas. El socialismo únicamente persigue que la juventud permanezca ajena a la realidad, adocenada entre las sombras.

Y concluyo justo donde comencé. Como siempre en la filosofía, más importantes que las respuestas son las preguntas. Y esta pregunta por el sustento de los moradores de la cueva de Platón es tan iluminadora, tan oportuna en estas fechas de incertidumbre educativa, que se resuelve en ejemplar dedo acusador sobre unas autoridades que, al contrario que en la lección magistral del Sócrates de la alegoría del libro VII de La República, sólo buscan que los chicos y, por extensión, los ciudadanos en su integridad sigan habitando entre las sombras de la ignorancia, privándoles del maravilloso regalo de la libertad. Como heredero del compromiso platónico por la verdad y el conocimiento, ya les digo que no cuenten conmigo para sus planes.

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