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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Perspectiva

Poner fin al sida

Con el lema «Poner fin a las desigualdades. Poner fin al sida. Poner fin a las pandemias», propuesto por Onusida, conmemoramos este primero de diciembre de 2021, el Día Mundial del Sida. Nos proponemos esta vez poner de relieve las circunstancias y la evolución de una pandemia que, cuarenta años después de su declaración como tal, continúa asolando a la humanidad sin distinción de razas, etnias, edades, orientación sexual, credos políticos o religiosos. Cierto es que en los países del llamado Tercer Mundo el sida afecta muchísimo más y peor a la población puesto que vive en zonas deprimidas, en las que la pobreza campa a sus anchas y los sistemas sanitarios son deficitarios o inexistentes -tanto en materia preventiva como de tratamientos- pero, en términos generales, para las miles de personas infectadas por el VIH y sin minusvalorar los indudables avances producidos, hemos de constatar que, cuarenta años después del inicio de la pandemia definida por la comunidad científica como síndrome de inmunodeficiencia adquirido, conocido socialmente como sida, como consecuencia de la infección por el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), aún continuamos sin vacuna.

Es difícil de olvidar la incertidumbre de aquellos momentos primigenios cuando el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, en la ciudad de Los Ángeles, dio a conocer los casos de personas homosexuales aquejadas de neumocistosis, causada por un hongo que afecta al sistema respiratorio humano, mientras que en la vecina ciudad de San Francisco, el doctor Michael Gottlieb detectaba varios casos de cáncer de piel, conocido como sarcoma de Kaposi, enfermedades que si bien eran conocidas por separado, nunca hasta entonces se habían manifestado de manera conjunta en un grupo de pacientes, en los que además se declararon otras enfermedades como la tuberculosis, candidiasis, neumonías, hepatitis y encefalopatías, por citar algunas, como consecuencia de la disminución de linfocitos del tipo T CD4+ y de la vulnerabilidad del sistema inmunitario.

Cuatro décadas después, y a pesar de que los avances científicos y farmacológicos han logrado convertir el sida en una de tantas enfermedades que cursan de manera crónica, no sólo seguimos sin vacuna, sino que además, no se ha logrado desterrar el estigma social que desde entonces pesa sobre las personas que padecen las consecuencias de la infección por VIH, un agravio fomentado por el desconocimiento y el ensañamiento del puritanismo social hacia el colectivo LGTBI al que se señala, exclusivamente, como causante y propagador de la pandemia del sida, acusación que no sólo no ha cesado en el tiempo, sino que se ha cronificado con las connotaciones morales correspondientes, como si de un castigo divino se tratara y que, sin duda, ha contribuido a crear una falsa visión de la propia pandemia.

El señalamiento del colectivo LGTBI, característico de una sociedad con doble moral y el desconocimiento han contribuido a que el sida se extienda por todo el mundo a través de otros segmentos de población vulnerables como el de las personas toxicómanas (que se infectaron al compartir jeringuillas); en los controles y filtros no tan rígidos de la donación de sangre por parte de personas portadoras del VIH o en los tabúes ancestrales propios de las diferentes culturas, razas y etnias. Tampoco hemos de olvidar los millones de población flotante que, al igual que se desplazan con mucha facilidad en un mundo globalizado, ya sea por razones laborales o de ocio, mantienen prácticas sexuales sin medidas de protección alguna e independientemente de la orientación sexual, consideraciones que en poco o en nada cambiaron la estigmatización del colectivo LGTBI en relación con el sida.

En 1988, siete años después de aquellos primeros y demoledores momentos en los que hasta en los países más avanzados del planeta morían personas como consecuencia de la nueva pandemia, fue la Organización Mundial de la Salud (OMS) quien declaró el 1º de diciembre como Día Mundial del SIDA (asumido por la ONU), indicando a los países que la respuesta a la pandemia debía realizarse de manera conjunta y solidaria y con acciones decididas frente a las desigualdades.

Según las estadísticas, cuarenta años después del inicio de la pandemia del sida las cifras se encaminan hacia los cuarenta millones de personas fallecidas como consecuencia de esa enfermedad en todo el mundo y son cerca de treinta y ocho millones las que conviven con el VIH; además se conoce el alto índice de personas que se infectan anualmente y el consiguiente incremento de defunciones. Es entendible pero no justificable que la lucha contra la enfermedad y la búsqueda de la vacuna no sean un objetivo prioritario en aquellos países con escasos recursos, pero resulta algo totalmente inadmisible en países en los que, a pesar de contar con recursos y haber logrado hacer del sida una enfermedad crónica, no es un objetivo prioritario, y parece más bien algo pasado de moda, que no capta la atención de los medios de comunicación exceptuando en esta fecha: la del Día Mundial del Sida. Esta situación es la que obliga -en mi opinión- a que las administraciones públicas, conjuntamente con Onusida y la red internacional de entidades y organizaciones civiles centradas en el sida y que desarrollan su trabajo en cada país -como en el caso de España- o en cada comunidad autónoma, tomen cartas en el asunto. Todos los sectores y personas implicadas deben intentar que la población en general y la juventud en particular, conozca la historia y tenga acceso a la información preventiva; es un derecho y un deber saber cómo se contrae la enfermedad y las consecuencias físicas, psíquicas y sociales que conlleva. Las campañas preventivas a través de los centros de enseñanza y del uso sistematizado de las redes sociales deberían ocupar tanta atención y espacio como lo está teniendo la otra pandemia que, desgraciadamente, también nos azota, la de la Covid 19.

En los peores momentos de la pandemia motivada por el coronavirus se decía que no podía quedar nadie atrás y Onusida nos recordaba que para acabar con las pandemias, para acabar con la Covid 19, sin olvidar los cuarenta años de sida, el camino para lograrlo era y es acabar con las desigualdades sociales, con las bolsas de pobreza y la marginación, porque de otra manera no sólo no se va a lograr ese gran objetivo de acabar con el sida en el año 2030, sino que ,además, se corre el riesgo de la prolongación de la pandemia del coronavirus con los daños directos y colaterales que conocemos. Acabar con el sida ha sido un asunto supranacional que fue abordado en el año 2015 por la ONU, con el compromiso por parte de todos los países de reducir las desigualdades como parte de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, conjuntamente con la Estrategia Mundial contra el Sida trazada para los años 2021-2026 y unido a la declaración política de las Naciones Unidas durante este año, en la que se afirma que «acabar con el sida supone acabar con las desigualdades», de paso, acabaríamos con otras pandemias…

En una línea de compromisos referida al sida, en la comunidad autónoma de Canarias se ha dado recientemente otro paso más en una acción conjunta del Ministerio de Sanidad del Gobierno de España, presidido por la ministra canaria Carolina Darías y la Consejería de Sanidad del Gobierno de Canarias presidida por el consejero Blas Trujillo, con la aquiescencia del presidente autonómico Ángel Víctor Torres Pérez: la implantación del tratamiento conocido como «la PrEP» (profilaxis prexposición), que son medicamentos que toman las personas que están en riesgo de infección por el VIH para prevenir un contagio a través de las relaciones sexuales o el consumo de drogas inyectables. La PrEP es altamente eficaz y segura para prevenir y reducir las infecciones por VIH y supone un ahorro personal y para el sistema sanitario frente al gasto de por vida que acarrea el tratamiento de personas contagiadas. En Canarias disponemos pues con la PrEp de una nueva y fundamental herramienta, como lo fue en su momento el tratamiento con antirretrovirales, pero no debemos caer en la autocomplacencia, antes bien hay que seguir apostando por acciones conjuntas de todas las administraciones públicas y las asociaciones surgidas de la sociedad civil que luchan por la erradicación del sida, para lo que se necesitan acciones y trabajos por una sociedad canaria plural, diversa e inclusiva tanto a nivel social y económico como de igualdad de oportunidades y de reducción de las desigualdades, sin olvidar la perspectiva de género, acciones e inversiones que faciliten el logro de ese objetivo tan ansiado como es: acabar con el sida en el año 2030.

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