Opinión | A la intemperie
El compromiso
L a muñeca de mi vecino de asiento, en el tren, es fina como la pata de un gorrión. De esa muñeca, rodeada de una pulsera de plata con un número, como si hubieran anillado al individuo, sale una palma diminuta de la que emergen cinco dedos-alambre. Con la punta de esos alambres, el joven golpea las teclas de un ordenador portátil abierto sobre la mesita plegable. Las golpea con la obstinación del que escribe un cuento de terror, un poema de amor desesperado, no sé, una necrológica, quizá la suya. ¿Por qué no la mía?, se me ocurre en un instante de pánico.
Observo de reojo los movimientos de los dedos, que resultan hipnóticos. Los imagino pelando una naranja, cambiando los pañales a un bebé, acariciando unos pechos… Al volverme hacia él en un movimiento aparentemente casual, observo que también su rostro evoca el de un pájaro: sus ojos, pequeños e inquietos, están muy separados y cerca de las sienes. La nariz, aun perdiéndose enseguida bajo la mascarilla, es claramente aguileña. Imagino sus dientes dispuestos en forma de pico. En cuanto al pelo, desordenado y teñido de azul, evoca el plumaje de algunas aves tropicales.
Cuando atiende el teléfono, que acaba de sonar, habla con muchas consonantes, con muchas más consonantes que vocales, diría yo. Tomo nota de todos estos rasgos porque podrían servirme para la descripción del personaje de un cuento. ¿De qué clase de cuento? ¿Qué ocurriría en él? Ni idea, por ahora sólo tengo el físico de su protagonista, que pide a gritos una historia, una novela en la que refugiarse, y que me la pide a mí, me pide que le invente un relato en el que mirarse y reconocerse como en un espejo. Yo, tan dado a hacerme cargo de los problemas ajenos, le prometo mentalmente que sí, que le haré un hueco pronto, pronto, quizá en mi próximo libro.
En esto, al echar a la pantalla de su ordenador un vistazo rápido, procurando no resultar impertinente, veo que acaba de escribir:
Sé lo que está pensando.
¿Lo sabe de verdad o se trata de una coincidencia?
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