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La Provincia - Diario de Las Palmas

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José A. Luján

Piedra lunar

José A. Luján

Parrilla, una historia rota

En las ciencias sociales, existen pocos hechos tan satisfactorios como conocer la fundación de las ciudades. Las Palmas se erige al borde del Guiniguada y, tras su primer trazado, se constituye el término de Vegueta, con la ubicación de señeros edificios institucionales. La urbe inicial pronto da el salto al otro lado del barranco, y en la planicie se empieza a trazar Triana, que crece en torno a una calle Mayor. La actividad comercial tiene su referencia en el muelle de Las Palmas, al soco de la cofradía de pescadores de San Telmo.

La ciudad, a fines del XIX, es una atracción para los habitantes de los pueblos del interior y también de las otras islas, ya que la construcción del Puerto de La Luz, entre 1885 y 1900, se convierte en motor económico. Así se fue construyendo el barrio de la Isleta y, sobre todo, la expansión de la antigua Vegueta hacia Triana. Las fincas de plataneras se convierten en solares donde se asienta la burguesía urbana. La ciudad crece con el entusiasmo de la modernidad y la llegada del turismo europeo que da vida a hoteles, tanto en la ciudad como en El Monte. Y los poetas Tomás Morales, Saulo Torón y Alonso Quesada, que leen sus poemas en los cenáculos capitalinos.

En Triana abren sus comercios los emprendedores isleños que son puertas a modas y corrientes foráneas, y el cosmopolitismo se hace presente en la sociedad isleña que empieza a marcar su propia idiosincrasia. El barrio se va colmatando de negocios de diferentes rangos: tejidos, banca, ferretería, cine, teatro, farmacia, zapatería, librería, confitería, joyería, sastrería, relojería, consulados, oficinas de representación, hoteles, cafetería. Todo está en Triana.

Las tiendas se conocen por los nombres de sus propietarios, personajes que siempre están junto al mostrador, en la recepción de los clientes: Rodríguez Cardona, Rivero, Arencibia, Sánchez de la Coba, Alemán, Domínguez. Muchos son oriundos de pueblos del interior: Firgas, Teror, Arucas, San Mateo, sin faltar las tiendas de los indios, o la joyería del alemán don Óscar Ernst.

En 1906, procedente de Tinajo (Lanzarote), José Parrilla, impulsado por las penurias de las islas periféricas, emigra a esta isla de Gran Canaria, y establece una panificadora en la calle General Bravo. En esta misma calle, instala su negocio, con su horno y obrador que enciende cada mañana, y el despacho de pan que además se reparte por las viviendas, hoteles y conventos de la zona. En aquellos años, este lugar era conocido por «Calle del Convento» y del «Cuartel».

Don José era un señor algo reservado y muy respetuoso. Pronto amplía la panadería y en un local contiguo establece la dulcería que regentan sus hijas. Los dulces de Parrilla son referencia de calidad artesana: pasteles de carne navideños, yemas de huevo, merengue. Sus dueños incorporan el recetario tradicional de «Dulcería de Anita», ubicada en la esquina de Obispo Codina.

Don José se sentaba delante de su negocio y, mientras fumaba, saludaba a los transeúntes: «¡Adiós don José!» Era un ambiente de familiaridad. El negocio es trabajoso, pero da prestigio y presta un servicio a la ciudad, siempre a cargo de tres hermanas. Es una novedad que en la sociedad de la época la mujer esté al frente de un negocio, por eso habría que catalogarlas como «mujeres rompedoras». En 1995, el negocio familiar pasa a la tercera generación representada por María Elena Parrilla López, quien ahora se ha visto sorprendida por el obligado cierre de su actividad. En estas antevísperas navideñas el cierre es una fechoría poco calculada social y económicamente.

Con la expresión jurídica «culpa in vigilando» aplicada a este caso, preguntamos a los ediles de este Ayuntamiento que si no ven las defecaciones y orín de más de mil perros que cada día pasan en dos rondas por estas calles peatonales. Un lector amigo sufrió una caída al pisar una «flor canina» que con mucha suerte sólo le costó tres semanas de sedentarismo, invalidez al caminar y la pérdida de masa muscular.

La concejalía de urbanismo y los agentes municipales deberían observar esta suciedad urbana (100 kilos de KK y 200 litros de orín), aplicando el uso del ADN canino, al igual que expulsar a un ciudadano harapiento que maltrata a media docena de perros en el mismo corazón de Triana, y nadie dice nada. Esto sí es una denuncia. Pero como quien ve llover.

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