Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ángel Tristán Pimienta

Apuntes

Ángel Tristán Pimienta

Periodista

El bichito mata árboles y la ‘navaja de Ockham’

Ahora el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria ha encontrado al culpable de la muerte de cientos de árboles y palmeras (yo creo que son miles) en la capital: es un bichito malvado o un hongo difícil de detectar incluso por los biólogos más expertos, que ataca a todo elemento forestal se cruce en su camino.

Desde luego este argumento tiene la suficiente complejidad como para que algunos lo tomen en serio. Las cosas simples suelen despacharse con una sonrisa de suficiencia científica, sin tener en cuenta la navaja de Ockham: lo más probable es que lo que parece que es, efectivamente sea lo que parece. O en otras palabras más enrevesadas: una hipótesis es tanto mejor cuanto más explica con menos elementos teóricos.

En nueve años la ciudad ha perdido oficialmente casi 900 palmeras… aunque se hayan plantado otras 2.400. También el número de árboles de distintas especies fallecidos es grande.

Que se repongan –muchos parterres permanecen años vacíos– no justifica la desidia, la negligencia ni la incuria que van haciendo realidad cotidiana el cuento de la burra del gitano, que se murió la pobre justo cuando había aprendido a no comer. Muchos municipios parecen estar enfrascados en la importante investigación sobre si la masa forestal municipal puede aprender a rescindir del agua y a soportar toda clase de martirios con los más sofisticados instrumentos de tortura.

Un paseo por Las Palmas de Gran Canaria produce escalofríos a las personas botánicamente sensibles y preocupadas por el medio ambiente. La situación se ha agravado con las obras de la metroguagua, que para ser cabalmente comprendidas necesitan un libro de instrucciones picadas menudo, que es para cachimba. Si el paseante se fija en los parterres y alcorques comprobará que en la ciudad se ensayan todos los métodos habidos y por haber con carácter experimental para hacer daño a los diversos ejemplares que dan sombra y oxígeno, y que son fundamentales para aminorar los efectos del cambio climático… y las insolaciones en verano.

En primer lugar está el riego por goteo, que con harta frecuencia no funciona. Además de la endémica falta de mantenimiento, y de la carencia de una inspección continua y eficiente, que compruebe si el personal y medios se ajusta al pliego de condiciones, este sistema no es apropiado para todos los árboles por igual. Suponiendo que el riego por goteo, efectivamente gotee y no se repita lo de la calle Luis Morote hace una veintena de años, que al cabo de muchos meses se descubrió que se habían olvidado de abrir la llave de paso, o de empatar las tuberías, el gota a gota no alimenta suficientemente a un veterano y enorme laurel de Indias o a una Phoenix canariensis de veinte metros de altura. Sirve solo para lo que sirve.

Aparte, está el asunto de la aireación de la tierra. Lo que es elemental para las plantas se ha sustituido por la ocurrencia de corte modesno: tapar el parterre con una capa de pasta, impermeabilizada por la contaminación y la mierda, que impide la respiración y que penetre y llegue a las raíces el agua de lluvia, o un buen manguerazo de vez en cuando, que a su vez limpie el tronco de hollín. En el pequeño círculo que queda libre, se amontonan las colillas: y la nicotina es un veneno. Fíjense en Viera y Clavijo, Venegas, León y Castillo, plaza de Las Ranas, las calles del Puerto… y se asombrarán de los cepos que estrangulan a los troncos, de las placas que los aprisionan, y que se cuartean ante el empuje de la vida vegetal. Mientras tanto los jardines privados se preparan a finales de los fríos y en primavera: se remueve la tierra, para evitar que se compacte, se podan, con cuidado y mimo los ejemplares, y no con saña o indiferencia, y se les abona igual que las personas toman refuerzos vitamínicos al principio del invierno.

Por otra parte, el riego por goteo no llega a las raíces largas, con lo que los árboles de una cierta altura, no tienen agarre suficiente para los vientos más o menos fuertes. Y caen con más facilidad. La mera reposición no es una solución; puede ser un negocio o una excentricidad, pero lo importante es que los árboles tengan larga vida, capten CO2 y liberen oxígeno a la atmósfera. Son sumideros de CO2. Y mientras más grandes sean las copas, y más hojas tengan, más produce esa maravillosa máquina de vida que es la fotosíntesis.

Pues bien, el descuido y el olvido de varios principios fundamentales de la naturaleza verde en muchas ciudades y villas debilita a los árboles, que de esta manera quedan inermes e indefensos ante las plagas, disminuida su capacidad de resistencia.

La incuria tiene su mejor ejemplo en que cada año la depuradora de Barranco Seco vierte cientos de miles de metros cúbicos de agua tratada al mar. A pesar de la falta de agua, se tira un agua que sería un elemento estratégico para el riego de parques y jardines y para un plan como es debido para reverdecer muchas lomas y zonas pulmonares de la conurbación metropolitana.

En su primer mandato el alcalde Juan Rodríguez Doreste, y directamente su hijo Octavio, puso en marcha el «Proyecto 10.000 palmeras canarias», propuesto por la Agrupación Local del PSOE. Pues se plantaron, pero una parte importante, que llegó a formar un frondoso palmeral en las laderas cercanas a El Lasso, se ha dejado secar. El espectáculo, que se ve desde la Circunvalación a ambos lados es dantesco. Y una asombrosa muestra de indiferencia, descuido y pasotismo… porque a menos de un kilómetro en línea recta está la EDAR vertiendo agua en la marea. Guárdenme un huevo de la echadura.

Compartir el artículo

stats