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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

El miedo

Las autoridades se enfrentan a una prueba de fuego con la sexta ola de la pandemia, una embestida que llega cuando socialmente se había instalado la nueva normalidad y empezaba a asentarse la locomotora de la sociabilidad humana, tan importante como la económica. Y el reto no es otro que retornar al miedo después de pasar por el miedo: una vez que se ha estado en lo más alto de la presión hospitalaria, con una mortalidad persistente y una agresividad lírica sin parangón sobre los mayores de las residencias, la pregunta es si la mera advertencia institucional de la llamada a la protección frente al veloz contagio de la ómicron dará resultado.

El miedo en su estado más puro requiere del paroxismo, de la manifestación brutal y descarnada del hecho que lo provoca. La invisibilidad (por ahora) de la variante que trata de burlar las vacunas, complica por momentos los mensajes de alerta de los expertos sanitarios. La contundencia institucional para que los ciudadanos extremen las cautelas frente a una modalidad, aún llena de incógnitas y sin un retrato-robot preciso, se enfrenta, como hemos resaltado, a su carácter sigiloso, pero también a otro enemigo que no existió en las anteriores oleadas: la creencia del vacunado de que es omnipotente ante los estragos de la pandemia.

Este nuevo contexto de proliferación con una gran mayoría de la población inoculada nos lleva, sin sedación, a la guerra psicológica, a tratar de influir sobre unos ciudadanos que ya daban por cerrado el capítulo de las restricciones, y que vuelven a darse de bruces frente a niveles de restricción, que, aunque blandos, los retrotrae a un pasado no muy lejano, pero disuelto en una memoria que suele repudiar lo que le resulta desagradable.

¿Inventar el miedo? Pero sí hay razones suficientes para caer en el pánico, el pavor, la impotencia, el negativismo... Las cifras de contagio son apabullantes, reveladoras de la amenaza de una nueva paralización de la conectividad del planeta, paliada a fecha de hoy (veremos las próximas semanas) por el compromiso de los jefes de Estado europeos de no ir más allá de la petición en fronteras del llamado certificado covid. ¿Entonces? Una comunicación errónea, no sincronizada, sobre el desarrollo de la pandemia podría crear una situación general de benevolencia y hasta de caos asistencial, no por las atenciones sin pausa en unas UCI desbordadas, sino por una atosigante espiral de consultas en los centros de salud por sospechas de haber contraído el virus.

Sería una gran noticia la confirmación (avanzada por investigadores de Hong Kong) de que la ómicron no se cebara con los pulmones de los pacientes, con lo que se aleja la posibilidad del temible entubamiento masivo, verdadero fustigador durante las primeras oleadas. Pero la esperanza trae un desasosiego: la levedad de los síntomas y su rápida curación, siempre relativa dada la repercusión sobre sectores vulnerables y con patologías, nos podría llevar a un descontrol de los contactos sociales, a una explosión de consecuencias imprevisibles para la reproducción del virus y sus variantes. Un vivero ilimitado y bien condimentado.

Los gobiernos no tienen más remedio que mantener candente el fuego del miedo. Hay razones suficientes para tenerlo, pero las personas suelen ser reacias a aceptar dos veces el mismo temor, y más si el primero de ellos alcanzó niveles terroríficos. Las autoridades están en la misma situación en la que se vio Hitchcock durante el rodaje de Psicosis, donde la famosa escena del cuchillo en la bañera no alcanzaba el culmen deseado pese a sus esfuerzos. La música chirriante logra la atmósfera. Será necesario volver a introducir el miedo: repito, existen razones objetivas para tenerlo, pero el humano prefiere escabullirse y elegir itinerarios light. Hemos empezado otra época dentro de la misma pandemia.

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