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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Manolo Ojeda

Cartas a Gregorio

Manolo Ojeda

Uno para todos y todos para uno

Querido amigo: Pablo era un maestro de escuela asturiano que, cuando se jubiló, se vino a vivir a Canarias, concretamente a Fuerteventura, una isla que conoció cuando era joven en unas vacaciones de verano, y la que había recorrido de punta a punta en bicicleta.

Allí decidió quedarse huyendo del frío del norte, que fue donde le conocí en la inauguración de una exposición de la artista Nuria Formenti, y tan pronto notó mi acento me contó su proyecto de venirse.

Desde entonces, cada vez que viene a Las Palmas me llama y, además de visitar las exposiciones que se hacen aquí, disfrutamos de una cena siempre aliñada con sus divertidas historias y anécdotas, sobre todo las que vivió con los niños cuando era maestro.

Como sabes bien, Gregorio, a ti que te gusta tanto hablar con tus nietos, los niños son una fuente inagotable de sinceridad y frescura.

En cierta ocasión me contó Pablo que, en una de esas soporíferas tardes de verano en el colegio, se le ocurrió proponerles a los chiquillos que, si lograban mantener un minuto en completo silencio, daría por acabada la clase media hora antes, pero con la condición de que, durante ese minuto no se oyera ni el más mínimo ruido.

No sé cuantas veces lo intentó, y cuando a uno no se le caía el lápiz, a otro se le movía la silla, pero siempre había alguno que rompía el silencio. Por no decir las veces que a uno se le escapaba una tosecilla o algo parecido a un flato, lo que, naturalmente, provocaba la risa de todos.

Total, que aquello se desmadró, hasta que no le quedó más remedio que suspender la clase. Y es que siempre hay alguien que frustra el interés de todos, y eso lo sabía Pablo, pero también que aquel experimento serviría para intentar imponer alguna disciplina en su clase.

Te cuento esto, Gregorio, porque creo que cualquier intento de acuerdo que se haga por el bien de todos, fracasará si depende del comportamiento de uno de nosotros, y eso es, precisamente, lo que está pasando con el control de la nueva fase de la pandemia que, mientras algunos países alardean de tener vacunados a la mayoría de su población, no parecen darse cuenta que basta que a uno de los habitantes de algún país se le escape un peo, para que todo el mundo apeste…

No se entiende ahora que los países ricos acaparen la producción de vacunas mientras en los pobres o menos pudientes, el número de contagiados se hace incontrolable.

No es hora de hacer negocios con la salud porque la pandemia es una inmensa bomba y solo se necesita una chispa para que todos explotemos.

Uno para todos y todos para uno, como en la novela de Dumas, pero, como dicen ahora, ¿Qué coño tiene que pasar para que nos demos cuenta…?

Un abrazo, amigo, y hasta el martes que viene.

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