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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Juan Francisco Martín del Castillo

Vuelo 3073

La esperanza viajaba rumbo a Málaga en vísperas de Nochebuena. Con origen en Gran Canaria, el vuelo partió sin novedad del aeródromo de la punta de Gando, pero nadie presagiaba lo que iba a acontecer en su interior. A los pocos minutos de embarcar el pasaje, interrumpió el comandante la tensa espera antes del despegue del avión. Una voz con claro acento andaluz comunicó que el trayecto no llegaría a las dos horas y que, además, era muy posible, si se mantenía el viento de cola, que estuviésemos en el aeropuerto malacitano antes de lo previsto. Estas noticias, justo en los instantes previos a la salida, fueron recibidas con agrado por todos, máxime lo poco habitual que es este tipo de avisos por parte de la tripulación. Sin embargo, esto sólo fue el principio de un vuelo para el recuerdo.

La charla del comandante se extendió durante más de diez minutos, y eso que, en un momento determinado, llegó a asegurar que, si fuese por él, estaría en el uso de la palabra las dos horas al completo. Lo entendimos como una exageración propia de las fechas navideñas, como un gesto de cortesía, a la vez que de cariño, hacia el pasaje, sobre todo, teniendo en cuenta que la mayor parte de los viajeros, como también los tripulantes, volvían a tierras andaluzas a pasar las fiestas con los seres queridos. Aunque esta primera impresión no requería de evidencia alguna, lo que vino después levantó el ánimo entre los pasajeros, al extremo de que el comandante fue vitoreado al término de su improvisada arenga. Algo en verdad insólito, digno de comentar. Y algo que, en un país como el nuestro, en continua tensión como el elástico a punto de romperse, reconforta escuchar y compartir.

Doscientas almas guiadas hacia la esperanza por un hombre al que apenas habíamos entrevisto en la cabina de mando, pero que intuíamos cercano con una voz que nos infundía calma y, en un modo creciente, un sentimiento de unidad que ojalá fuera el que menudearan nuestros políticos en sus discursos. Un comandante, un líder en el buen sentido de la palabra, que, al mediar el mensaje, provocó un efecto de solidaridad sobre cada uno de nosotros. Y, tras recordar por su nombre y función a todos los miembros de la tripulación, pronunció unas palabras que si, en lugar de un piloto a su pasaje, hubieran sido dirigidas por un presidente a sus compatriotas, tal vez España volviera a ser grande otra vez, pero de verdad. En fin, con una franqueza que cautivó a los que allí estábamos entre atónitos y sobrecogidos, sentenció: «Gracias por volar con nosotros, porque nuestra vida depende de la de ustedes». Y lo reafirmó con una frase igualmente proverbial: «Si no fuera por su voluntad, estaríamos sin trabajo». Y esto, repito, dicho con una soltura y un desparpajo que todavía nos sigue extrañando, pero comprensible entre aquellos que vuelven al calor del hogar.

Las palmas volaron en aquel Airbus 320 a la conclusión de la intervención del comandante. Y, al momento, el silencio recuperó su perdido trono entre los pasajeros, prestos al despegue hacia Málaga. Y, sin embargo, una misma idea corría entre nosotros sin llegar a verbalizarse. Una idea confusa, pero reconfortante. Aquel vuelo 3073 era nuestra España rumbo al futuro, una nación contenta de sí misma, agradecida a la vida y en la que sus habitantes se saludaban satisfechos de que al frente de la nave estuviera alguien que se reconocía como uno más, solamente que, por responsabilidad y ejercicio, desempeñara el cargo de líder. En mi interior, una vocecilla me decía disfruta de la experiencia, mientras que otra maldecía que perdurara apenas un par de horas.

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