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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Xavier Carmaniu Mainadé

Las olvidadas del motor

Actualmente el Dakar se ha convertido en una marca más del negocio del espectáculo del motor. Queda muy lejos de aquella aventura romántica ideada por el francés Thierry Sabine, que en 1979 organizó la primera edición de una carrera que empezaba en París y terminaba en la capital de Senegal.

Aunque todavía motiva a aventureros de todo el mundo, ahora es sobre todo un escaparate mediático para promocionar marcas comerciales y países que quieren lavar su imagen. Qatar envía a uno de los pilotos estrella, Bahréin patrocina un equipo y, por encima de todos, Arabia Saudí, que acoge la prueba desde 2019, cuando el rally abandonó las áridas tierras de Suramérica.

Los países enriquecidos con el petróleo utilizan el deporte para mejorar su imagen, muy alejada de los estándares occidentales en temas de derechos humanos. Especialmente en todo lo que tiene que ver con la discriminación de las mujeres, que llega a extremos inverosímiles. En Arabia Saudí, por ejemplo, hasta 2018 tenían prohibido conducir, y si lo hacían podían ser detenidas.

Por eso, una de las cosas más comentadas en la edición de este año del Dakar es la participación de un equipo formado íntegramente por mujeres, liderado por la catalana Mercè Martí y la andorrana Margot Llobera. Ellas son piloto y copiloto de un bugui del equipo CMR Group Women Dakar Team. No están solas, porque la actual campeona de motos en categoría femenina, Laia Sanz, se ha pasado a las cuatro ruedas al volante de un Mini.

Verlas competir por los desiertos saudís es un hito histórico, pero no solo por ese país sino también por el mundo del motor, donde la gasolina se sigue mezclando en exceso con la testosterona. Las pocas mujeres que han logrado superar todos los prejuicios y obstáculos han sido invisibilizadas y ahora apenas nadie las recuerda. Por ejemplo, la norteamericana Genevra Delphine Mudge, que a finales del siglo XIX ya competía en los circuitos urbanos de EEUU. Entonces todavía faltaba medio siglo para que una mujer se sentara en un F-1. Esto ocurrió en 1958, cuando la italiana Maria Teresa de Filippis debutó en el espectacular Gran Premio de Mónaco con un Maserati. Después de cinco carreras, sin embargo, se pasó al motociclismo. Desgraciadamente no logró puntuar en ninguna de las pruebas. Esta proeza estaba reservada a una compatriota suya, Lella Lombardi. En 1975 llegó sexta en el GP de España, disputado en Montjuïc.

Ahora bien, ninguna de ellas recibió el reconocimiento que logró la francesa Michèle Mouton en el mundo de los rallys. Hace 40 años, en 1982, fue subcampeona del mundo con un Audi Quattro después de conseguir tres victorias y un segundo puesto. La piloto se convirtió en una de las estrellas de la marca alemana de los cuatro aros en la década de los 80 y recogió elogios de todos sus compañeros de profesión.

Más allá de las competiciones, el papel de la mujer también ha sido clave para la evolución de la industria automovilística. En 1888 Bertha Benz fue quien probó el vehículo con motor de combustión diseñado por su marido Karl haciéndolo circular en un trayecto de 100 kilómetros. Dos décadas después, en 1905, cuando los coches ya empezaban a popularizarse, la británica Dorothy Levitt batió el récord de velocidad alcanzando los 146 kilómetros por hora, una barbaridad para la época. Además, inventó un elemento sin el que ahora no podríamos conducir: el espejo retrovisor (tiene todo el sentido del mundo que la mujer más rápida necesitara mirar atrás, ¿verdad?). Once años más tarde, la americana Mary Anderson, tras circular con lluvia, se dio cuenta de que era necesario resolver la dificultad de ver bien la carretera en condiciones climáticas adversas e ideó los limpiaparabrisas.

Tampoco se puede dejar de hablar de la actriz canadiense Florence Lawrence, considerada la primera gran estrella del cine. Entre 1908 y 1938, el año de su muerte, rodó cientos de películas. Y además tuvo tiempo de inventar los intermitentes y la lámpara de stop posterior que se accionaba con el pedal del freno. O sea, que de no ser por las mujeres, conducir sería una actividad mucho menos segura de lo que es hoy.

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