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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Testigo de calle

Silencio, el teatro

Blanca Portillo ha hecho una interpretación magistral, de presencia, de voz, de tono, de gran teatro, a partir de un texto complejo y genial en el que el dramaturgo y académico Juan Mayorga visita, con una libertad llena de ritmo, todos los grandes momentos de los sucesivos siglos de la cultura escrita y hablada, desde Homero o Sófocles a Shakespeare, Kafka, John Cage o Samuel Beckett.

La obra se titula Silencio y se estrenó este viernes en el Teatro Español de Madrid. Los aplausos finales fueron prolongados y altamente merecidos, pues en todo el tiempo que duró la obra, incluidos los cuatro minutos y 33 segundos que hubo de silencio reglado por el propio guion de Mayorga (homenaje a una pieza musical de Cage), nadie del público halló desmayo ni en la atención ni en el asombro, pues la actriz y el texto no pararon de ofrecer la sorpresa y la alegría propias que da el teatro cuando rompe sus moldes y deja que entre el aire por donde le da la gana.

La numerosa presencia de los responsables de la obra (desde Blanca Portillo y Juan Mayorga a todos los componentes técnicos del elenco que hace posible Silencio) y ese aplauso abierto que merecieron le dieron también a la obra la esencia de la que viene el arte representado: el teatro es la más colectiva de las artes, tan colectiva que hasta para que se produzca silencio en el escenario y éste sea raíz y palabra, aunque no se pronuncie ninguna, se necesita que suene también lo que no está escrito.

En la esencia, Silencio parte de un discurso de inauguración académica que un recién elegido, que podría haber sido el propio Mayorga, deja en manos de la actriz que ha de pronunciarlo ante un estrado en el que en realidad hay sillas vacías a las que ella se dirige desde el primer momento con el respeto habitual en este tipo de actos académicos.

La actriz abandona luego tanta circunspección con respecto a quienes la escuchan, así como con relación al texto que le había sido preparado, de modo que va quitándose los ropajes de la Academia hasta ser una actriz y nada más, y nada menos. Había llegado al escenario, encorvada como un viejo doctor en letras, y termina, sudorosa, propensa a la carcajada, siendo parte del patio de butacas y cómplice de los utilleros, manejando las sillas que antes habían sido sitiales solemnes, hasta convertir todo (el lugar del público también) en el escenario propio del teatro que ocupan sus palabras y, en un momento determinado, sus muy sabios, espectaculares, silencios.

El teatro estaba abarrotado de un público compuesto también por famosos del cine, el teatro y la Academia, pues en los estrenos de gran importancia estas personas suelen ser convidadas para que ocupen asientos en las primeras filas. En el caso de la presencia académica, los académicos reales, que estaban en esos lugares de privilegio, daban el aire de pertenecer a la obra misma. Además, frecuentemente la actriz se dirigía a los académicos de ficción (y de irrealidad, pues eran sillas) y resultaba inevitable sentir que quienes estaban allí en persona podían ser también miembros de la audiencia oficial que, en el escenario propiamente dicho, eran esas sillas como de consejo de administración que Blanca Portillo fue desubicando una a una.

Fue una gloriosa tarde de teatro, que reconcilia en su genialidad con la aspiración de que la belleza que se logra en escenarios así, con voces como esas (la que escribe y la que dice), regalan metáfora y alegría a una sociedad que se está acostumbrando a letras y músicas que tienden a las construcciones de cartón piedra. En el momento en que Mayorga evoca a Kafka y se lo hace decir a Blanca Portillo es imposible no imaginarse al propio Kafka en ese escenario encarnado en la actriz, escribiéndole una carta a su padre, y no es imposible imaginar tampoco la sonrisa de Cage siendo la de Portillo imaginando, o viendo, la reacción del público ante el largo silencio que da símbolo a la obra.

Lo que en Silencio dice Blanca Portillo, acaso la más importante actriz de teatro de las últimas generaciones españolas, es un impresionante fresco escrito por Mayorga para rendir homenaje al teatro, a la palabra incluso cuando no suena, y desde el comienzo es gran teatro, jamás es palabra quieta o discurso, aunque de discurso de trate. Nunca deja de ser un texto y jamás deja de ser teatro. Allá arriba está la intérprete, sobre una mesa están los folios del discurso que ha de dar ante los académicos, ella representa al que ha sido elegido para sentarse entre los doctores de la lengua, así que es una actriz comisionada por el elegido para que interprete el discurso que le correspondería a él. Muy pronto la actriz rompe los papeles que le ha encargado el reciente académico y deja la solemnidad de lo escrito en los puros huesos. Ese gesto, el de romper los papeles, el de alejarse de lo escritor para que sea más teatro, es un símbolo mayor del texto que hemos visto hacer en el puro escenario.

En seguida la actriz que representa a la actriz que está en el escenario abraza el silencio como asunto teatral, y aquí es donde el texto deja de ser pretexto y es palabra dicha, y por tanto gesto, el teatro mismo apoderándose de un territorio en el que el discurso también puede ser silencio. En las simulaciones que le permite al autor (y por tanto a la actriz) el escenario del Teatro Español están algunos de los elementos imprescindibles para que se desarrolle como está establecido por la tradición el acto de la toma de posesión de un académico: el estrado de los ya electos y en ejercicio, el lugar en el que se juntan las autoridades académicas, la parte destinada a las autoridades civiles que son invitadas a este tipo de celebraciones…

Y el público también está también presente, como es natural, y en este caso somos nosotros, los que hemos ido al estreno, los que hacemos en conjunto, sin otra intervención que el aplauso, la atención o la risa (y hay mucha ocasión de risa, por cierto), una interpretación colectiva sin la cual el teatro carecía de sentido. Estar pues, sentados en esas butacas, mirando cómo se hace arte y cómo esté está hecho desde la pasión que requiere el teatro, es una alegría que he sentido que hoy debía regalar yo mismo a quienes tengan la oportunidad de leerme.

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