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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Ánxel Vence

Crónicas galantes

Ánxel Vence

Negaciones de negados

Hasta que llegó el virus que ya va por la letra ómicron, se conocía como negacionistas a quienes negaban la existencia del genocidio perpetrado por los nazis contra el pueblo judío. A menudo eran los propios nazis quienes sostenían que el Holocausto fue un invento de los hebreos, aunque luego se les sumó algún que otro historiador con pretensiones académicas. Ahora ha mudado el concepto.

Hay gente que tiende a negarlo todo por el mero gusto de llevar la contraria a sus interlocutores. «¿De qué están ustedes hablando, que me opongo?», solía decir Miguel de Unamuno -famoso cascarrabias- cuando llegaba tarde a su habitual tertulia. Bromeaba, naturalmente, a diferencia de los negacionistas del virus SARS-Cov-2 que no paran de dar la tabarra casi desde que comenzó la pandemia.

Negar hechos avalados por la Historia o el conocimiento científico parece actitud propia de gente negada o, lo que es lo mismo, inepta. Pero ahí siguen, erre que erre, los abonados a la negación en sus ya copiosas variantes.

Al principio se limitaban a buscar conspiraciones sobre el origen de la epidemia, que atribuían a un diabólico plan del Gobierno chino, a Bill Gates, a las redes de telefonía 5G y/o a los poderes ocultos que impulsan en la sombra un Nuevo Orden Mundial. Estos no son negacionistas en sentido estricto, desde el momento en que admiten que hay un nuevo virus suelto por ahí y tan solo sugieren que es parte de una vasta conjura planetaria.

Luego llegaron los que le quitaban importancia a este virus que dejó a tanta gente sin respiración en el mundo. Para ellos se trata de un bicho infeccioso como otro cualquiera, de efectos comparables a los de una gripe o un simple resfriado.

Ni la fuerte mortandad causada por la epidemia, ni los hospitales atestados de enfermos bastaron para que los negados negacionistas entrasen en razón. Después de todo, tampoco el descubrimiento de las cámaras de gas convenció a quienes negaban el Holocausto de que esa barbarie contemporánea había existido.

Como suele ocurrir en estos casos, no les faltó a los negados el apoyo de alguna -si bien poca- gente con títulos y doctorados. E incluso el de prominentes líderes mundiales como el expresidente americano Donald Trump o el brasileño Jair Bolsonaro, que definió la Covid con el entrañable nombre de «gripezinha». Son 620.000, hasta ahora, los muertos en Brasil a causa de ese pequeño resfriado; pero ahí sigue Bolsonaro, inasequible al desaliento y a los números.

Ya metidos en negaciones, los descreídos de la Covid pasaron a negar también la eficacia de las vacunas, por más que estas hayan reducido drásticamente la mortalidad. Gracias a ellas ahora sí puede decirse que los efectos del virus son en la mayoría de los casos no más graves que los de la gripe. Como tal va a tratarla, de hecho, el Gobierno español, entre otros muchos del mundo, bajo la premisa de que el SARS-Cov-2 se convertirá en un virus estacional más.

Nada de esto va a quebrar, como es natural, las sólidas convicciones de quienes creen que la epidemia es un gran invento. Aficionados como parecen a las ciencias ocultas, los negacionistas bien podrían ver una señal en el hecho de que el nombre de cierto famoso tenista adherido a su causa se pronuncie en español NoVac YoCovid. Quizá el sentido del humor, atributo de la inteligencia, no les dé para tanto.

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