Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Daniel Capó

Las cuentas de la vida

Daniel Capó

La ciencia del envejecimiento

Hace unos años se hizo famosa una frase del empresario e inversor Peter Thiel en la que alertaba sobre el estancamiento tecnológico. Decía algo así: “Esperábamos el coche volador y tenemos los 280 caracteres de Twitter”. Era una llamada de atención que nos ponía en guardia acerca del avance científico. Nadie discute que Internet ha cambiado nuestras vidas, básicamente a mejor. El acceso al conocimiento se ha hecho universal, la soledad se ha reducido gracias a las redes y muchos procesos se han simplificado. Cabe alegar que el Big Data controla en exceso nuestra intimidad –y seguramente es cierto–, pero al mismo tiempo aumenta la eficiencia productiva, lo cual es el sueño de inge-nieros y economistas. Sin embargo, volviendo a la frase que hemos citado, el fundador de PayPal pensaba en otros campos donde el estancamiento se ha hecho más evidente a pesar del optimismo de Silicon Valley: el mundo de los átomos –lo llama él–, frente al mundo de los bits.

Ello no excluye que quizás estemos cerca de dar un gran salto adelante. Dicho de otro modo, el hombre parece volver a soñar a lo grande; por ejemplo, en el campo de la energía y en el de la biología. Así, el australiano David Sin-clair, de la Universidad de Harvard, ha insistido una y otra vez en que el pri-mer hombre que vivirá hasta los ciento cincuenta años ha nacido ya. Su afir-mación se basa en una mezcla de conocimiento –su laboratorio trabaja desde hace dos décadas en la frontera de la ciencia– y de optimismo innato. ¿Qué nos distingue de otros mamíferos –se pregunta– que prologan su vida más que no-sotros? Si con los ratones se ha logrado alargar la esperanza de vida de forma muy significativa –a través de medidas como la restricción calórica, o la su-plementación vitamínica–, ¿por qué no con los seres humanos? Sinclair insiste en definir el envejecimiento como una enfermedad –la raíz, más bien, de todas las enfermedades degenerativas– y no tanto como un proceso natural irreversi-ble. Y, si se trata de una enfermedad, no sólo hay que tratarla, sino en la me-dida de lo posible evitarla. ¿Será posible rejuvenecer el organismo de aquí a algunas décadas; resetearlo, como cree él, para que nuestra edad biológica sea menor que lo que indica nuestro DNI? ¿Quién sabe? La ciencia –como las humanidades, por otra parte– alimenta la imaginación y ensancha el horizonte de nuestras posibilidades. Nos hace capaces de soñar más y de un modo más fructífero.

La ciencia de la longevidad ha recogido ya cerca de 20.000 millones de dólares para sus investigaciones. En un mundo que no espera nada después de la muerte, la vida es lo único que se tiene y, por tanto, la inmortalidad se con-vierte en el deseo más poderoso. Pero la inevitabilidad de la muerte –la con-ciencia clara de que todos nos dirigimos al mismo lugar– no supone que no debamos hacer todo lo posible por vivir una vida lo más plena y saludable po-sible. Reducir las enfermedades, saber curarlas, poder prevenirlas significa menos sufrimiento para nosotros y para los que nos cuidan, para nuestros fami-liares y amigos. Hay una responsabilidad en ello que va más allá de nuestro egoísmo. Vivir significa querer y ser querido. El sueño de la ciencia también es el sueño del hombre.

Compartir el artículo

stats