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La Provincia - Diario de Las Palmas

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José María de Loma

El palique

José María de Loma

Periodista

Calamares de ayer

Venancio se sacó el carné de poeta con cuarenta años, cuando una Mancomunidad de Municipios le editó un librito de treinta páginas del que se imprimieron cincuenta ejemplares y se vendieron dos. Venancio tenía siete amigos, así que les regaló uno a cada uno. La Mancomunidad, en un esfuerzo postal sin precedentes, envió otros cinco a escogidos representantes de la comarca. También hay una copia en la biblioteca municipal del pueblo principal, donde el libro más veces prestado es ‘1080 Recetas de Cocina’, un clásico de Simone Ortega con el que han cocinado ya varias generaciones. Venancio lleva tres días sin comer nada en condiciones, frisa los 48, en su biografía se enseñorean dos divorcios y tiene tres hijos sospechados. Espera encontrar pronto trabajo. Ya no vive en su lejana latitud y a su vida llegaron el mismo día de hace tres años los espetos y su amigo Lobo, al que llaman así porque dicen que tiene cara de lobo, si bien a Venancio le parece que tiene cara de oso hormiguero.

-Pero cuándo has visto tú un oso hormigero, chalao, le dice Lobo.

Venancio se sonríe y lo incita a pedir más vino. Hace frío en el chiringuito pero más frío hace en la pensión. El mismo día que se afincó en esta ciudad creyéndose amado por una nativa, conoció a Lobo, menestral de restaurante marinero y avecindado en la inopia. Fue con su amada a comer al local de Lobo, comió, fuese y no hubo nada. Nunca más. Ella se largó, se esfumó, nunca más le contestó ni le reclamó. Y él quedó varado aquí, como un jabegote torpón enquillado en la arena. Varios días después, Venancio volvió al restaurante y Lobo le notó en los ojos la bruma del desamor y lo convidó a amistad y sardinas. Ahora, ambos son separables pero pasan mucho tiempo juntos. Cuando dos luchan contra el tiempo la vida pasa más rápido. El infortunio se nota menos. A veces organizan timbas en la pensión y en ocasiones Lobo consigue que Venancio sea empleado de camarero dominical en su chiringuito.

A Venancio le dicen desde su lejana latitud que está tirando la vida, pero entonces él mira al sol y el astro le da el plácet para continuar sin sombra por la existencia. El vino que gorronean en el chiringuito tiene un color como rojo desairado. Lobo le dice que tiene que irse para ir poniendo las mesas y él enciende un cigarro y se pregunta si no necesitarían un encargado de los hidropedales. De este mes no pasa que termine el libro de versos. Ya casi lo tengo, Lobo, y éste sí que va a ser la hostia, vocifera. Pero Lobo ya no lo escucha; ha ido a meterle en un túper calamares de ayer.

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