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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Observatorio

¿Qué quiere China?

¿Qué quiere China? FRANCINA CORTES

Vista desde España, China está lejos. Y no sólo geográficamente (América Latina también está lejos, pero la sentimos cerca). De China, y en general de Asia, los españoles sabemos poco. Tenemos muchos estereotipos y algunos prejuicios. Y aunque se podría decir que los chinos tienen algunas similitudes con los españoles –tienen profundos lazos familiares, les gusta comer y son alegres y algo ruidosos– lo cierto es que no nos identificamos demasiado con ellos. Nada de esto sería importante si China no fuera, tras Estados Unidos, la segunda economía mundial (la primera si su producción se mide a paridad del poder de compra) y si su ascenso no estuviera poniendo patas arriba el sistema internacional. Por eso, al igual que con Rusia, que está más cerca y que es especialista en explotar las contradicciones internas de la Unión Europea, es importante que entendamos qué quiere China. Y por decirlo de forma sencilla y directa, China aspira a recuperar su estatus de gran potencia, perdido con la revolución industrial de hace dos siglos, y ser un país próspero y respetado en el sistema internacional al que nadie le diga que su sistema político (autoritario) es «inferior» a la democracia liberal. Además, poco a poco, pretende expulsar de su área de influencia –el conjunto de Asia Oriental– a las potencias occidentales, lo que culminaría con la recuperación de Taiwán.

Estamos hablando de una civilización milenaria, que se llama a sí mismo el «Reino Central», con una población que triplica la de la Unión Europea y que tiene una renta per cápita de 10.000 dólares (la española es casi tres veces mayor), que oculta enormes diferencias internas: unos 400 millones de chinos, sobre todo en las zonas costeras, disfrutan de ingresos similares a los occidentales, pero esta riqueza y dinamismo contrastan con zonas todavía muy pobres. Y todo ello en el marco de un desarrollo económico espectacular desde hace cuatro décadas, que constituye la principal fuente de legitimidad de un partido comunista con casi 100 millones de afiliados que gobierna desde la revolución de 1949 y que está dando forma a lo que su Presidente desde 2012, Xi Jinping, llama «capitalismo con características chinas».

Visto desde fuera, el régimen chino podría parecer monolítico, nacionalista e imperialista. De hecho, muchos estadounidenses y cada vez más europeos piensan que China pretende «comerse el mundo». Pero, por el momento, es difícil saber si eso es lo que pretenden. Durante años, la estrategia china fue pasar desapercibida y seguir la máxima «oculta tus fortalezas y espera tu momento», siempre obsesionada con mantener la estabilidad interna. Pero desde la presidencia de Trump, con su guerra comercial y tecnológica y su intento (fracasado) de hacer descarrilar el crecimiento chino, se optó por revertir parte de la apertura (económica y política) que se había producido y cerrar filas en torno a un líder cuyos poderes aumentaron bajo una retórica cada vez más nacionalista de defensa contra el enemigo externo. También se aceleró su estrategia de expansión económica internacional. Esta actitud más asertiva, y que ha ido de la mano de una mayor represión interna, se ha visto reforzada por el creciente convencimiento de que su sistema es más eficaz que el occidental. La crisis financiera global de 2008 (vista allí como un gran fracaso del capitalismo estadounidense), la respuesta a la covid–19 (con muchos menos muertos en China que en occidente) o las propias disfuncionalidades y parálisis de las democracias liberales (brexit, la toma del Capitolio en 2021 y las divisiones en los países europeos y la propia Unión, entre otras) en un contexto de expansión del atractivo de los líderes fuertes y nacionalistas, han hecho a las élites chinas estar cada vez más seguras de sí mismas. Así, si siguieran haciendo las cosas bien, lograran mantener la estabilidad interna, consiguieran superar la llamada «trampa de la renta media» y lideraran la cuarta revolución industrial, podrían lograr su objetivo y dejar atrás el «siglo de la humillación» (1839– 1949), producto, según el imaginario colectivo, del imperialismo de las potencias occidentales, Japón y Rusia.

Sin embargo, en los últimos años, han aparecido nubarrones en el horizonte, y los más importantes provienen de problemas internos. Al serio problema demográfico, la enorme desigualdad y la crisis medioambiental, se está sumando una desaceleración del crecimiento económico. Era imposible sostener aumentos de la renta del 10% anual indefinidamente, pero la perspectiva de que en tan solo unos años China crezca a tasas similares a las europeas, que haya una crisis derivada del boom inmobiliario y que la sociedad sea «vieja antes que rica» (recuerden que el estado de bienestar es precario) podrían generar inestabilidad y dar al traste con sus planes.

La pregunta es qué harán ante estos problemas internos, a los que se suma la creciente retórica de enfrentamiento proveniente de Estados Unidos y, en menor medida, de Europa. ¿Reaccionarán con mayor control social y una política exterior más agresiva que incluya la invasión de Taiwán? ¿O pensarán que las demás potencias han entendido que el auge de China es inevitable y que merece la pena sentarse a reescribir las reglas de las relaciones internacionales, reconociendo que en algo tendrán que ceder?.

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