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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Camilo José Cela Conde

Miradas

Camilo José Cela Conde

Periodista

Año

Las fórmulas comunes de la noche de san Silvestre deseándonos unos a otros un año feliz quedan sujetas, desde que comenzó la pesadilla de la pandemia, a la sensación de que en realidad hablamos de algo que no va a suceder. ¿Feliz 2022?. ¿Quién se cree que va a serlo?.

Me pedía hace poco un amigo, aprovechando que cumplo años en enero, que inaugurase por favor el 2022 porque hasta el momento se parecía demasiado al año anterior. No hace falta esperar demasiado para que se haga patente que sí, que nos espera más de lo mismo. La celebración de sant Antoni ha confirmado nuestros temores porque, por más que en algunos lugares se echasen a la calle más vecinos de los que la prudencia admite, los festejos digamos oficiales se han tenido que anular en todas partes. Qué diferencia con los foguerons habituales y omnipresentes de hace muy pocos años pero tan lejanos ya en el recuerdo que parecen pertenecer a un mundo distinto. Echando mano de lo que nos enseñan las series de la televisión y las sagas del cine, nos entra la añoranza de una precuela que nos devuelva a los tiempos aquellos.

La necesidad de creer que la felicidad de antes se encuentra a la vuelta de la esquina lleva a que tanto visionarios como expertos hablen de la variante Ómicron del virus como de la última con la que nos vamos a topar. Dejemos de lado gilipolleces como las que sueltan algún que otro cantante en declive o según qué presentadora de la fiesta de año nuevo incapaz ni siquiera de aprenderse el nombre de las vacunas. El negacionismo no necesita en realidad recuperar nada porque, hasta que sus militantes sufren el baño de realidad de tener que entrar en las unidades de cuidados intensivos, están seguros de que en el fondo no sucede nada. Pero que incluso especialistas en salud pública se atrevan a fijar un final de la Covid-19, o su reducción a una gripe de las de todos los años, me parece mucho más un producto del deseo que de la realidad.

Nadie sabe cuándo terminará la pesadilla ni si nos quedan más mutaciones del puñetero coronavirus por sufrir. La lógica de la relación evolutiva entre agente infeccioso y huésped (víctima, vamos) dice que a veces la virulencia disminuye por la aparición de una cepa más benigna y, por tanto, más eficaz para mantener activa la cadena de contagios. Pero nada nos garantiza que será así está vez, por más que todos lo deseemos.

Puestos a manifestar un deseo de año nuevo, de sant Antoni, de sant Sebastià o de la celebración ya sea religiosa o laica que haya que inventarse, a mí me gustaría que, una vez acabadas la crisis sanitaria y su comadre económica, todos, autoridades y ciudadanos, hubiésemos aprendido algo. Ni que decir tiene que tampoco ese deseo está en realidad demasiado cerca de lo que cabe esperar.

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